Las
crisis están diseñadas para beneficiar a los ricos ya que gracias a ellas les
resulta más fácil reescribir las normas.
Angus
Deaton.
Premio
Nobel de Economía 2015.
Víctor Manuel Ovalle
Hernández.
Ponencia presentada en el Primer
Congreso Transdisciplinario de Ciencias Antropológicas: nuevos paradigmas
interculturales ante la crisis civilizatoria del mundo globalizado, de la Academia Mexicana
de Ciencias Antropológicas, A. C., llevado a cabo en la Facultad de Filosofía y
Letras de la Universidad Nacional
Autónoma de México, el 5 de septiembre de 2024.
En este escrito me
pregunto: ¿Cuál fue la relación existente entre la recesión económica
reconocida en los primeros meses del año 2020 por los organismos financieros
internacionales y la declaración de pandemia declarada por la Organización
Mundial de la Salud (OMS) durante marzo de ese mismo año? ¿Acaso fueron dos eventos
aislados que convergieron fortuitamente en el espacio-tiempo o se trató de dos
eslabones de una misma cadena de crisis capitalista internacional?
Existen indicios que nos
permiten suponer que el paro en la producción y el aislamiento social decretados
por decenas de países a partir de la declaración de pandemia de la OMS, tuvo
una finalidad adicional, además de evitar la propagación masiva del virus. Ésta
habría sido, poner fin a un ciclo económico decadente e iniciar uno nuevo en
condiciones más favorables para los corporativos financieros más poderosos del
mundo occidental.
Las evidencias
histórico-económicas sugieren que en esta tercera década del siglo XXI,
estamos presenciando el fin y el inicio de un nuevo ciclo económico capitalista,
pero que no llega a Occidente con la vitalidad de ciclos anteriores, sino
que se despliega en medio de una tensión entre dos bloques de países aliados:
uno en cada lado del planeta.
Este trabajo forma parte de
lo que denomino antropología del capital, una rama más de la antropología que
pretende conocer: ¿quienes gobiernan al mundo por encima de los gobiernos de cada
nación? ¿Cuáles son los poderes fácticos, globales que toman las decisiones
económicas, sociales, políticas y culturales más importantes que afectan a la
humanidad en su conjunto en el siglo XXI?
Tradicionalmente la
antropología ha indagado en el conocimiento de las sociedades precapitalistas,
los grupos étnicos y los grupos humanos que manifiestan diferencias económicas
y culturales con la forma de vida occidental y a quienes se les ha concebido
como los otros. El hermetismo
sostenido por las familias más poderosas del planeta en torno así mismas, las
coloca en un plano de otredad en
relación con el resto de la humanidad, quienes poco sabemos sobre su filiación
étnica, sus relaciones interpersonales, sus propiedades, sus contradicciones
internas, pero principalmente sobre ¿cómo toman las decisiones que afectan a la
mayoría de los habitantes del planeta, si es que son ellos quienes las toman?
La antropología del capital
pretende desentrañar el conocimiento sobre esta elite del poder global con el
objetivo de que cualquier ciudadano pueda conocer: ¿quiénes son los que nos
gobiernan de manera global y cómo lo llevan a cabo?
Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en 2020 el mundo
se enfrentaba a la "crisis más severa desde la II Guerra Mundial", con
una grave pérdida de empleo y puestos de trabajo en todo el mundo. De acuerdo
al organismo, sólo en el segundo trimestre del año, se perderían el 6,7% de las
horas de trabajo, equivalente a 230 millones de puestos de trabajo de 40 horas semanales (Jorrín 2020).
Por su parte, Kristalina
Georgieva, directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), manifestó que este
organismo económico estaba preparado para movilizar su capacidad de préstamos de 1 billón de dólares para ayudar a los gobiernos a hacer frente al impacto del coronavirus (Bloomberg 2020). Declaró posteriormente que
la pandemia del coronavirus llevó a la economía mundial a una recesión, que
sería peor que la de 2009. Estimó que las necesidades financieras generales de
los mercados emergentes era de 2.5 billones de dólares. Al mismo tiempo,
informó que recibió en esos días, 81 solicitudes de asistencia, 50 de naciones
pobres y 31 de naciones de ingresos medios (AFP 2020).
Pero la recesión no fue consecuencia
de la pandemia como aseguró la directora del FMI. La recesión es un periodo de
desaceleración económica que ya se preveía años atrás:
A principios de 2016 los
mercados bursátiles registraron pérdidas que alcanzaron los 8 billones
(millones de millones) de dólares del valor de las acciones, el equivalente a
la mitad del valor de la economía de los Estados Unidos, la mayor del planeta.
En esos días se combinaron el desplome de los precios del petróleo y de otras
materias primas; la devaluación de las monedas de países emergentes frente al
dólar y la desaceleración de la economía china, cuyo crecimiento de 6.9 por
ciento en 2015 fue el más bajo en 25 años. Lo que motivó a los analistas a
alertar sobre la posibilidad de una recesión (Reuters 2016).
10 años después de la
crisis financiera de 2008, la firma MdF Family Partners,
especializada en asesorar a grandes patrimonios familiares, vaticinaba que la
siguiente recesión ocurriría antes de finalizar el 2020. Tras un periodo de baja inflación y crecimiento extendido por todo el mundo, el
ciclo económico empezaba a agotarse. Era un crecimiento artificial conseguido
en base a deuda que solo serviría para retrasar la próxima recesión y hacerla
más profunda (Jorrín 2018).
El exsecretario de
Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003, Jorge G. Castañeda, alertaba en
su columna de opinión del New York Times,
en 2019, que la guerra comercial entre China y Estados Unidos, aunada a las
señales de advertencia de una posible desaceleración de la economía mundial,
habían aumentado considerablemente las posibilidades de que el mundo entrara en
una recesión (Castañeda 2019).
Para octubre de 2019, la
desaceleración de la economía mundial era irreversible, en particular, en la
actividad industrial y el sector servicios. Persistía la incertidumbre
financiera generada por las idas y venidas de la guerra comercial -y política-,
con la imposición de aranceles por parte de
Estados Unidos a los productos europeos. Aunado a ello, la deuda mundial había aumentado más de un 60%
desde 2007, limitando el margen de los gobiernos para responder a una crisis
(Monzón 2019).
Un eslabón más de esta
cadena de contracción e incertidumbre económica fue la caída de los precios del
petróleo y de las bolsas de valores mundiales el viernes 6 de marzo de 2020, ante la negativa de Rusia de aceptar
la propuesta de varios países de la Organización de Países Exportadores de
Petróleo (OPEP) de fijar un recorte de 1,5 millones de barriles diarios para
estabilizar los precios y la decisión de Arabia Saudita de elevar su producción
de petróleo y hacer descuentos en su precio de venta en Europa noroccidental,
un mercado clave para Rusia, en medio del sacudimiento mundial por el
coronavirus (BBC News Mundo 2020).
Como podemos observar, en 2020 ya interactuaban los componentes suficientes para una nueva y profunda recesión mundial. Marx (1983) describió con
maestría la naturaleza de las crisis capitalistas:
Durante
cada crisis comercial, se destruye sistemáticamente no sólo una parte
considerable de productos elaborados, sino incluso de las mismas fuerzas
productivas ya creadas. Durante la crisis, una epidemia social, que en
cualquier época anterior hubiera parecido absurda, se extiende sobre la
sociedad: la epidemia de la superproducción. La sociedad se encuentra
súbitamente retrotraída a un estado de súbita barbarie: diríase que el hambre,
que una guerra devastadora mundial la han privado de todos sus medios de
subsistencia; la industria y el comercio parecen aniquilados. Y todo eso, ¿por
qué? Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados medios de
vida, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que
dispone no favorecen ya al régimen burgués de la propiedad; por el contrario,
resultan ya demasiado poderosas para estas relaciones, que constituyen un
obstáculo para su desarrollo; y cada vez que las fuerzas productivas salvan
este obstáculo precipitan en el desorden a toda la sociedad burguesa y amenazan
la existencia de la propiedad burguesa. Las relaciones burguesas resultan
demasiado estrechas para contener las riquezas creadas en su seno. ¿Cómo vence
esta crisis la burguesía? De una parte, con la destrucción obligada de una masa
de fuerzas productivas; de otra, con la conquista de nuevos mercados y la
explotación más intensa de los antiguos. ¿De qué modo lo hace, pues? Preparando
crisis más extensas y más violentas y disminuyendo los medios de prevenirlas.
En la época actual, el
planeta ha llegado a una extrema polarización global en que el 80% de la
humanidad cuenta con el 5% de la riqueza mundial, mientras que el 20% de la
humanidad tiene el 95% de la riqueza; con una sobreacumulación de capital que
no tiene cómo ni dónde ser invertido al agotarse los mercados internacionales
para la puesta en circulación de dicho capital y la imposibilidad del sistema
de abrir nuevos mercados (William Robinson, durante el Foro: Educación
Superior, Trabajadores y Capitalismo Global, realizado el 15 y 16 de Junio de
2017, en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), México). El mismo Robinson, sociólogo de la Universidad de Santa Bárbara, California; afirma en su libro Global Capitalism and the crisis of humanity (2014), que el sistema mundial ha centralizado y sobreacumulado capital hasta tal punto de que las oportunidades de inversión son limitadas y sólo hay tres mecanismos para invertir el excedente de capital: la especulación financiera arriesgada, las guerras y su preparación, y la privatización de instituciones públicas (citado en Phillips 2019:30).
Otra
estimación de la agencia internacional para el desarrollo: Oxfam, aseguraba en
2017, que el uno por ciento más rico del género humano acaparaba más de la
mitad de la riqueza mundial. El treinta por ciento de la población controlaba
más del noventa y cinco por ciento de la riqueza, mientras que el setenta por
ciento restante tenía que arreglárselas con menos del cinco por ciento de los
recursos del planeta (Phillips 2019:12).
El Capitalismo requiere
poner en circulación los billones de dólares inactivos, para sostener la tasa
de acumulación. Esto significa la existencia de una expansión artificial del
mercado de acciones (inundada de papeles como bonos, pagarés y títulos
financieros sin sustento real en la riqueza tangible de las naciones); pero la
sobreproducción, el bajo consumo, la deuda generalizada y la imposibilidad de
abrir nuevos mercados, debido a la guerra comercial entre potencias
imperialistas por la supremacía económica mundial, impiden que las herramientas
monetarias, fiscales y los acuerdos internacionales tengan efectividad para
estabilizar los mercados financieros.
Surge entonces otra forma
de darle salida a la crisis económica: provocar la conclusión abrupta del ciclo
expansión-estancamiento de la economía mundial, que permita iniciar un nuevo
ciclo con mejores expectativas para el Capitalismo financiero. Para ello, se
requiere un mecanismo disolvente que precipite la crisis: la guerra ha cumplido
esta función desencadenando finales catastróficos en diversas épocas y territorios.
Llegado a un punto de imposibilidad de crecimiento, las fuerzas productivas y
las ciudades son destruidas en amplias regiones del planeta. De esta forma se
resolvió la recesión mundial desplegada en 1929, que culminó con la Segunda
Guerra Mundial. Una vez derrotado un bando, se inicia la reconstrucción de las
ciudades destruidas, constituyendo un negocio inmejorable para quienes salen aventajados
de la crisis; se abren nuevos mercados y las inversiones internacionales fluyen
alentando un nuevo periodo de expansión económica. La regla había sido hasta
ahora que tras un periodo de recesión, invariablemente acontecía un periodo de
crecimiento. Así afianzó Estados Unidos su supremacía mundial durante la
posguerra.
Tras varios periodos de
expansión-contracción económica mundial desde los años sesenta del siglo pasado,
en 2020, el planeta se volvió a encontrar en una recesión profunda. Y traería
consigo su propio disolvente: una epidemia (Covid-19) que asumiría el papel de poner
fin a un ciclo económico, como lo hizo la confrontación militar en su momento. El
Capitalismo, como los anteriores modos de producción, crearon sus propios
sepultureros. Pero ante la ausencia de un proletariado organizado, disciplinado
y revolucionario -con la intención clara de tomar los medios de producción y
colectivizarlos; tomar el Estado para sí y empezar a abolir las relaciones de
explotación a nivel global-, el sistema se autoinmolaba con la finalidad de deshacerse
de sus competidores, renovarse asimismo, mantener su predominio mundial; impulsar
un nuevo periodo de expansión económica con una aceptable tasa de ganancia.
De esta manera, la crisis
económica internacional que en 2020 tocó fondo, no significaba el fin del
Capitalismo, pero sí -probablemente-, la implementación de un Nuevo Orden
Económico Internacional.
Esta es la razón por la
cual la enfermedad Covid-19, causada por un nuevo coronavirus, adquirió una
dimensión colosal y tan desmedida por parte de la Organización Mundial de la
Salud (OMS), los Estados imperialistas y los países dependientes, aun cuando su
tasa de mortalidad era baja (4%, es decir, 4 personas fallecidas por cada 100
infectados a nivel mundial) en relación a otras enfermedades con mayores tasas de
mortandad como la tuberculosis, la hepatitis B, la neumonía, el VIH
y la malaria, entre otras. Al momento de la declaratoria de pandemia, se contabilizaban 118 mil casos de contagio de Covid-19 en 114 países y 4,291 personas habían perdido la vida por causa de esta enfermedad. No obstante, 81 países no habían reportado casos de contagio y 57 países habían reportado 10 o menos casos.
En la historia encontramos
ejemplos de pandemias que cumplieron la función disolvente de un sistema
socioeconómico decadente. La peste negra que apareció entre 1347-1350 diezmó
las ciudades europeas (fallecieron unas 20 millones de personas), precipitó el
declive feudal y allanó el camino al impetuoso Capitalismo mercantil, que en
los siglos venideros ofrecería alternativas socioeconómicas, de bienestar y
salud más atractivas a través del comercio, la industria, la ciencia, la
medicina y la concentración económico-política en las ciudades.
Epidemias, huracanes, tornados,
terremotos, erupciones volcánicas, sequías y heladas, son fuerzas naturales potencialmente destructivas y fluctuaciones
climáticas, que no son causantes de cambios sociales, pero sí pueden ser
detonantes de crisis socioeconómicas: desencadenando, acelerando o concluyendo
procesos sociales decadentes que se encontraban en marcha. La aparición de
cualquiera de estos eventos de orden natural en la tierra, en momentos de
estabilidad social, económica y política, no representan un riesgo de ruptura
social, pero pueden llegar a serlo, si interactúan en un ambiente de
vulnerabilidad socioeconómica que tiende a profundizar la crisis existente.
En la recesión económica
mundial precipitada por la enfermedad Covid-19, se desplegó la estrategia del
miedo para controlar a la población a través de los medios de difusión masiva: se
puso énfasis en los decesos y no en las personas que se recuperaban y eran dadas
de alta.[1] Tampoco se habló de los países que tuvieron
un manejo adecuado de la crisis (quienes adoptaron el confinamiento, pero
realizaron transferencias de efectivo a familias y empresas y recurrieron a
instrumentos financieros como la moratoria de deudas). Se resaltó lo
espectacular, lo grotesco, lo que se salía de control para mantener la atención
cautiva de millones de personas. En forma inédita, vivimos una emergencia
mundial desde la “comodidad” de nuestros hogares. Covid-19 resultó ser la
coartada perfecta para el control social en momentos de recesión económica,
pues aunque su índice de mortandad no era alto en relación con otras
enfermedades, provenía de un virus altamente contagioso.

Mientras la recesión
mundial tocaba fondo, la declaración de pandemia de la OMS, permitió
disciplinar y controlar a la población mundial, evitando con ello que hubiera protestas
(aunque sea temporalmente), alzamientos e insurrecciones proletarias y populares
masivas, encabezadas por quienes perdieron su empleo y fuentes de ingresos durante
la crisis. De esta manera, la población se encontraba recluida y el Capitalismo
financiero, trasnacional y monopólico intentaba restituir su salud haciendo
negocios dentro de la misma pandemia.
¿Y quiénes son los capitalistas
que integran la elite financiera occidental que acaparan los mercados y controlan
los procesos de acumulación de la riqueza?
Peter Phillips, catedrático de Sociología en la Sonoma State University, Estados Unidos, identifica diecisiete corporaciones financieras globales consolidadas que cuentan con cantidades superiores al billón de dólares, tres nuevos corporativos financieros que consiguieron superar esa cantidad en 2017 y nueve compañías de gestión de capital -gigantes en ciernes- con más de ochocientos mil millones de dólares. En conjunto, los 29 gigantes financieros gestionan más de cincuenta y tres billones de dólares de riqueza mundial (Phillips 2019:51):
Las principales compañías de gestión de activos suelen invertir
las unas en las otras, lo cual convierte esta red en un núcleo sólido de
empresas interconectadas con inversiones compartidas en todo el mundo. JP
Morgan Chase y otros catorce gigantes billonarios tienen inversiones directas
en BlackRock. Los diecisiete Gigantes han invertido colectivamente 403.400
millones entre ellos (Phillips 2019:40).
(Cuadro: Phillips 2019).
La clase capitalista
trasnacional dirige instituciones de carácter privado y utiliza las
instituciones internacionales controladas por autoridades gubernamentales con
el objetivo de garantizar la seguridad de sus inversiones y su continuo
crecimiento:
La
élite del poder global urde políticas que promuevan sus intereses en lo
relativo a la gestión y la protección del capital global y a la ejecución de
recaudación de deudas por todo el mundo, y lo hacen en foros privados donde se
formulan políticas, como el Foro Económico Mundial, la Comisión Trilateral, el
Grupo de los Treinta, el Consejo Atlántico o el Grupo Bilderberg, y en
instituciones estatales transnacionales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario
Internacional, el G20 y el Banco de Pagos Internacionales. Al mismo tiempo,
están situados estratégicamente para imponer después esas políticas a través de
las posiciones que sus miembros ostentan dentro de Estados concretos e
instituciones estatales transnacionales. En pocas palabras, las enormes concentraciones
de poder económico se traducen en una influencia desmedida sobre la creación de
políticas globales (Phillips 2019:16).
La cúpula imperialista es también
propietaria de las seis principales cadenas mediáticas a nivel mundial las
cuales:
ofrecen
una continua justificación ideológica al capitalismo corporativo y reducen o
censuran la información que cuestiona la concentración existente de riqueza y
la creciente desigualdad. Tenemos un sistema de medios de comunicación que
intenta controlar todos los aspectos del pensamiento humano y promueve el
consumo continuo y la conformidad. El mensaje ideológico predominante de los
medios corporativos en la actualidad afirma que el crecimiento continuo de la
economía ofrecerá un goteo de beneficios hacia todos los seres humanos y
salvará el planeta (Phillips 2019:10). [4]
De esta manera, a través de
la OMS, de los gobiernos de decenas de países y diversas instituciones
burguesas, los capitales financieros occidentales terminaron derrumbando la economía mundial con
la intención de volverla a levantar ellos mismos.
A diferencia de la recesión
de 2008 -en la que los bancos de inversión estadounidenses perdieron el control
de los activos financieros y nada hicieron ante el colapso del mercado de las
hipotecas-, en 2020 dirigieron la precipitación económica, intentando cerrar el
ciclo decadente desde una posición de ventaja.
El derrumbe asistido de la
economía mundial significaba la oportunidad de que los capitalistas más
poderosos se deshicieran de sus competidores, absorbieran mercados y empresas
más pequeñas y se beneficiaran con un mayor endeudamiento de los gobiernos y
empresas que hacían frente a la crisis, allanando el camino para
un futuro periodo de expansión económica.
En ella, los
Estados-nacionales recuperarían su posición de clientes privilegiados,
empezando con la habilitación de hospitales y compra de equipo médico: camas de
hospital, trajes especiales para los médicos, ventiladores para los enfermos
(Muñoz y Martínez 2020).
La “nueva época” no significa
entonces, el quiebre del liberalismo económico, sino un reacomodo financiero en
el que cada Estado juega un papel fundamental en la habilitación-actualización
de los mercados y en la oferta de servicios a los ciudadanos, considerados
también como clientes.
No obstante, el Capitalismo
occidental debió observar con perplejidad, que una vez superada la pandemia, la
economía mundial se mantenía en niveles históricamente bajos y que el Capitalismo
financiero oriental se levantaba como un muro infranqueable, resistiendo los
embates provenientes de Occidente. Los capitales orientales, no sólo se encontraban intactos y
en crecimiento, sino que continuaban desafiando abiertamente la hegemonía
global, financiera y militar, al conformar una alianza de países integrada por
China, Rusia, Corea del Norte, Siria, Irán y Sudáfrica; quienes han entrelazado
su economía y desechado al dólar de sus transacciones económicas; mantienen vinculados
sus ejércitos en maniobras y operaciones conjuntas en tierra, aire y mar; despliegan
su propia tecnología militar (incrementando su influencia mundial como
potencias nucleares), podrían combinar sus arsenales nucleares en una guerra
contra Occidente y han decretado el fin del mundo
unipolar y la transición a un Nuevo
Orden Económico Mundial, debilitando con ello, la hegemonía de los Estados
Unidos y sus aliados europeos.
Así, actualmente China
exporta armamento a Rusia, mientras que importa de Rusia el 70% de la energía
que consume. Además, China compra los hidrocarburos que Rusia no puede vender
en Occidente, debido a las sanciones económicas europeas por la guerra que
sostiene en Ucrania.

Observamos que China es
quien mejor aprovechó la recesión mundial para fortalecer su poderío financiero
y ubicarse en el camino de la supremacía mundial. Mientras Estados Unidos lidiaba
con la crisis económica, padeciendo dramáticamente la pandemia de Covid-19, cerrando
sus fronteras temporalmente a la inmigración, imponiendo aranceles -incluso a
sus aliados comerciales y militares europeos-, sosteniendo bloqueos económicos
y reiterando las amenazas militares a otros países como Venezuela; China, en
cambio, siguió impulsado una revolución burguesa en su territorio, con un
impresionante desarrollo industrial en manufactura, construcción, minería,
tecnología digital y bienes de consumo de todo tipo; asimismo, ha optado por
expandir su influencia comercial y geopolítica a todos los rincones del planeta
y ha emprendido un proyecto de infraestructura terrestre, ferroviaria y
marítima para el intercambio comercial entre Asia, Europa y África, denominado La Nueva Ruta de la Seda. Este proyecto
de dimensión global -con una inversión de 80.000
millones de euros desde el 2013-, prevé la
construcción de puertos, vías ferroviarias, aeropuertos y parques industriales,
con participación de más de 30 países, entre ellos Rusia (El Periódico 2019).
Desde hace más de una
década, China ha realizado considerables inversiones en África, terminando por
desplazar a las antiguas potencias coloniales que aun tienen intereses en ese
continente como Francia y el Reino Unido:
La
inversión directa china se ha multiplicado por treinta en una década y
alcanzó los 25.000 millones de dólares en 2014, creando unos 100.000
puestos de trabajo. Hoy en día más de 2.500 empresas chinas hacen negocios
en África, especialmente en sectores como las finanzas, las telecomunicaciones,
la energía, las manufacturas y la agricultura. Las compañías chinas habían
firmado a finales de 2013 contratos por valor de 400.000 millones de dólares,
construido más de 2.200 kilómetros de ferrocarriles y 3.500 de autopistas (El
Orden Mundial 2016).
Durante 2020 -en plena
recesión-, el gigante asiático observó como se precipitaban las acciones de las
empresas chinas con capitales europeos y norteamericanos, y una vez en el piso,
las compró todas, afianzando su dominio financiero internacional.
China es controlada por el
Partido Comunista, burocracia que gobierna autoritariamente, omitiendo los
derechos humanos occidentales, por lo que el mundo podrá caer en manos del
imperio despótico más poderoso que jamás haya existido.
Esta situación llevó a García
Canclini (2020) a preguntarse: si China extiende su dominio económico, su
prestigio sanitario y sociocultural ¿exportará también el disciplinamiento? El
probable sustituto de Estados Unidos en la hegemonía mundial, “posee 400
millones de cámaras en sitios públicos (1 cada 4 habitantes) y nos impresiona
por su capacidad de detectar en cada cuadra comportamientos “peligrosos”.
La nueva era capitalista se
distinguirá entonces por un mayor control de los individuos a través de los
dispositivos electrónicos, que podrán rastrear los movimientos cotidianos de
las personas en forma permanente. Pero ésta será una sumisión consentida
(García Canclini 2020), como la que experimentamos durante la pandemia.
La guerra en Ucrania y el
genocidio palestino por parte del Estado sionista de Israel que acontecen en
2024, se explican en este escenario de conflicto internacional entre bloques
de países y capitales financieros (como una extensión de la Guerra Fría del
siglo pasado), que pretenden controlar diversos territorios considerados
estratégicos para defender o afianzar su hegemonía económica global y que
podría desembocar en la confrontación bélica más destructiva de la historia de
la humanidad.
Entonces: ¿No existe un
camino más terso para el futuro del planeta? La confrontación mundial entre dos
bloques de potencias nucleares sigue su marcha, pero en cualquier momento y
en cualquier región puede surgir una fuerza proletaria, emergente y renovadora que anule la colosal fuerza destructiva que ha sido desplegada. Este escenario no es tan lejano, ni tan improbable si consideramos que en 2016 se llevó a cabo la mayor huelga general en la historia de la humanidad, la cual fue deliberadamente ignorada por los medios corporativos occidentales:
Entre doscientos millones y trescientos millones de trabajadores
(según las distintas fuentes) secundaron el viernes 2 de septiembre la huelga
general convocada en la India por los sindicatos. En Estados de la importancia
de Bengala, Kerala, o Andhra Pradesh (donde la influencia comunista es
determinante) la huelga fue completa, y, aunque con menor seguimiento, también
en otros Estados indios la movilización fue gigantesca… En las grandes ciudades
como Delhi, Bombay, Calcuta, Chennai (Madrás), los obreros paralizaron el
transporte urbano, los trenes, puertos y fábricas. El gran cinturón industrial
de Delhi estaba completamente paralizado…. los sindicatos exigen la retirada de
la reforma laboral que impulsa el Bharatiya
Janata Party (el partido del gobierno),
así como el aumento del salario mínimo en el país, junto a la revalorización de
las pensiones, y pretenden que el gobierno acceda a ampliar la seguridad social
a los sectores obreros del país, muy numerosos, que siguen sin estar protegidos…
los sindicatos y los partidos de izquierda, que se muestran contrarios a la
privatización de los sectores públicos que pretende imponer Modi (presidente
derechista) y que desconfían de las condiciones en que el gobierno impulsa la
llegada de inversiones extranjeras, creen que las masivas movilizaciones pueden
no sólo conseguir mejoras sociales para la clase obrera si no además,
contribuir decisivamente a la derrota de la política neoliberal del gobierno (Higinio
Polo 2016).
La revuelta proletaria a nivel planetario, no sólo es deseable sino necesaria, ya que debería conducirnos a un Nuevo Orden
Económico Mundial. Esta vez, asentado en la cooperación humana, dejando atrás la
competencia financiera-militar estéril y destructiva.
REFERENCIAS DOCUMENTALES
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economía global entró en recesión, La Jornada, sábado 28 de marzo,
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https://www.jornada.com.mx/2020/03/28/economia/021n1eco
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Arabia
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BLOOMBERG, Eric Martin
2020 FMI, preparado para
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16 de marzo, México,
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2019
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https://www.elperiodico.com/es/internacional/20190424/nueva-ruta-seda-china-convence-mas-paises-7421293
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La
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2016 El éxito de la huelga general indica el rumbo a la India, TopoExpress, 6 de septiembre,
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Firma
AMLO decreto para adquirir con urgencia equipos médicos, La Jornada, viernes 27 de marzo, México,
https://www.jornada.com.mx/ultimas/politica/2020/03/27/firma-amlo-decreto-para-adquirir-con-urgencia-equipos-medicos-9596.html?fbclid=IwAR2mthN5hArbRhRGAE5-YY5bRBemB96FJtuScXo_BpexTbebWXXZ6Rj3Ny0
PHILLIPS, Peter
2019 Megacapitalistas. La élite que domina el dinero y el mundo,
Rocaeditorial, Barcelona, España, 385 p.
REUTERS
2016 Tienen las bolsas
globales el peor inicio de año: pierden 8 billones de dólares, La Jornada, domingo 24 de enero, México,
https://www.jornada.com.mx/2016/01/24/economia/017n1eco
ROBINSON, William I.
2014 Global Capitalism and the Crisis
of Humanity, Cambridge University Press.
ANEXO
En la recesión económica mundial el ciclo de la producción se paraliza: la sobreoferta de mercancías se combina con la caída del consumo y el desempleo. En el inicio de las crisis, las personas se ven imposibilitadas de consumir los bienes y productos habituales debido a la obligación que tienen de cubrir sus deudas. Al disminuir el consumo, los mercados se saturan de mercancías y las empresas dejan de producir una cantidad considerable de ellas, afectando sus ganancias, por lo que millones de trabajadores son despedidos. A su vez, estos trabajadores sin empleos, dejan de consumir productos, y sin ingresos, tampoco pueden pagar sus deudas. De esta manera, el ciclo económico que incluye la producción, la distribución y el consumo de mercancías no puede llevarse a cabo, ni completarse en la forma prevista, por lo que muchas empresas quiebran, el producto interno bruto (la cantidad de dinero que genera la economía) de cada país se desploma (por dos trimestres consecutivos) y el desempleo se generaliza.
NOTAS
[1] Hasta el 21 de abril de 2020 el virus había
infectado a más de 2,4 millones de personas en todo el mundo, la cifra de decesos superaba los 173,000 y la de
los recuperados, los 662,000:
https://www.rtve.es/noticias/20200421/mapa-mundial-del-coronavirus/1998143.shtml
BlackRock, Vanguard Group, JP Morgan Chase, Allianz SE (PIMCO), UBS, Bank of America Merrill Lynch, Barclays PLC, State Street Global Advisors, Fidelity Investments (FMR), Bank of New York Mellon, AXA Group, Capital Group, Goldman Sachs Group, Credit Suisse, Prudential Financial, Morgan Stanley & Co. Y Amundi/Crédit Agricole (Phillips 2019:39).