Estados
Unidos puede ganar las batallas, pero no la guerra de Irán. El dinero no
fabrica misiles si no existe la capacidad para hacerlo.
Por Juan Torres López.
6 de abril de 2026.
Lo que
está ocurriendo con Estados Unidos en Irán es quizá el mejor ejemplo de cómo
esa gran potencia ha construido su enorme poder sobre bases que no permiten
sostenerlo indefinidamente y en cualquier condición. Sigue siendo capaz de
destruir con una eficacia extraordinaria, pero no está claro que pueda mantener
esa capacidad durante el tiempo necesario para ganar la guerra.
Como ha
hecho en ocasiones anteriores con otras naciones, el ejército estadounidense es
capaz de castigar ahora a Irán con extraordinaria eficacia. Da golpes muy
dolorosos a su infraestructura, a sus fuerzas armadas y a su población, y
siembra el caos y la destrucción en su territorio y economía. Pero Estados
Unidos flaquea y será prácticamente imposible que pueda ganar la guerra cuando
se ha encontrado con una resistencia derivada de nuevas formas de hacerla que
obligan a mantener los golpes y ofensivas durante mucho tiempo.
Su enorme
superioridad militar le permite entrar en la guerra y castigar duramente, pero
no le garantiza salir de ella en condiciones de victoria por una razón bastante
sencilla: desde hace décadas, Estados Unidos ha ido debilitando progresivamente
su base industrial en sectores clave para proporcionarle producción
armamentística y autonomía suficientes para enfrentamientos bélicos
prolongados.
Una economía financiarizada
Al
finalizar la segunda guerra mundial, Estados Unidos, cuya población
representaba el 6% de la población del planeta, tenía un PIB equivalente al 50%
mundial, casi el 60% de la producción industrial de todo el mundo y el 80 por
cien de todas las reservas de oro existentes. Hoy día, esas proporciones son
del 25%, el 17% y el 25%, respectivamente.
El giro
que lo cambió todo se produjo en el último cuarto del siglo pasado, con la
globalización.
Estados
Unidos favoreció que sus grandes empresas industriales se desplazaran a los
países con mano de obra más barata para obtener mayores beneficios que luego
volvían para alimentar su sector financiero. Dejó de ser el gran taller del
mundo para convertirse en el centro de mando y de la especulación financiera
global. La industria manufacturera pasó de representar el 25% del PIB en 1950
al 9,5 % en 2025. Y en ese mismo periodo las finanzas pasaron del 2,5% al 8% (o
del 7% al 22,5% si se le suman los seguros y alquileres).
Durante
décadas, la operación funcionó. Estados Unidos podía endeudarse sin descanso
para comprar bienes —muchos de ellos estratégicos— porque el dólar seguía
siendo la moneda de referencia global. La afluencia de beneficios financieros
compensaba su déficit comercial.
Esa
acumulación de poder financiero permitió consolidar un poder militar global sin
precedentes. Con una moneda de reserva mundial y capacidad casi ilimitada de
endeudamiento, Estados Unidos sostuvo un ejército desplegado en cientos de
bases y afrontó guerras extremadamente costosas, como la de Irak, sin
comprometer su estabilidad a corto plazo.
Las limitaciones de un imperio sin industria
Con el
paso del tiempo, sin embargo, esa situación ha ido mostrando una gran
fragilidad en todos los terrenos y particularmente en el militar.
China
aprovechó la globalización para desarrollar una base industrial mucho más
sólida, mientras que las sucesivas intervenciones militares estadounidenses
contribuyeron a que otros países buscaran alternativas al dólar. Al mismo
tiempo, los beneficios financieros se concentraban en Wall Street y se
orientaban a la especulación, deteriorando progresivamente la infraestructura
material de la economía estadounidense.
La
economía financiarizada de Estados Unidos se fue convirtiendo en una de papel,
frente a las de otros países y fundamentalmente la de China que habían optado
por consolidar a la industria como su principal motor y sostén. Y algo parecido
le comenzó a ocurrir a su capacidad militar.
Estados
Unidos mantiene un despliegue global con cientos de bases, pero dedica la mayor
parte de su presupuesto a sostener esa estructura: entre un 30% y un 40% se
destina a personal, otro 20–30% a operaciones y mantenimiento, y solo en torno
a un 15–20% a la adquisición de nuevos sistemas.
Este
modelo comienza a mostrar sus límites cuando las guerras dejan de decidirse por
la superioridad inicial y pasan a depender de la capacidad de sostener el
esfuerzo en el tiempo.
En
conflictos recientes, Estados Unidos ha tenido que emplear grandes cantidades
de munición de alta precisión en periodos muy cortos de tiempo (más de 800
misiles Tomahawk en poco más de un mes de guerra en Irán). Diversos informes
del propio Departamento de Defensa y análisis de centros independientes
advierten de que la capacidad de producción actual es limitada y que la
reposición de estos sistemas puede llevar años. Cada vez tiene más dificultad
para sostener ritmos de consumo propios de una guerra prolongada.
La
fabricación de los nuevos sistemas de defensa y ataque requiere cadenas de
suministro complejas: componentes electrónicos, sistemas de guiado y materiales
avanzados que no se producen en masa. Son caros, sofisticados y lentos de
fabricar y, sobre todo, dependen de un ecosistema productivo global y no
autónomo en Estados Unidos.
Durante
décadas, la ventaja estadounidense consistió en poder producir más que nadie.
Hoy mantiene la capacidad de destruir más que ningún otro país, pero tiene
crecientes dificultades para reponer al mismo ritmo esa capacidad. Estados
Unidos sigue teniendo el ejército más poderoso del mundo, pero depende de una
base industrial que ya no controla plenamente.
Su
industria militar está diseñada para conflictos cortos y tecnológicamente
dominados, no para guerras largas de desgaste donde lo decisivo es la capacidad
de producción sostenida.
El propio
Departamento de Defensa ha advertido de vulnerabilidades en áreas críticas como
la microelectrónica, los materiales estratégicos o los componentes
industriales. Incluso se han detectado dependencias inesperadas en la cadena de
suministro de sistemas avanzados o en las infraestructuras de las
bases y donde se producen las municiones.
Ya no
basta con tener dinero para ganar guerras si no se puede transformar
rápidamente en producción, porque el dinero no fabrica misiles si no existe la
capacidad industrial para hacerlo.
Como
han advertido diversos informes del propio sistema de defensa
estadounidense, el problema no es únicamente el consumo de munición, sino la
capacidad de reposición. La base industrial de defensa “no está adecuadamente
preparada para el entorno actual” y, en escenarios de alta intensidad, Estados
Unidos podría quedarse sin determinados sistemas en cuestión de días.
Reponerlos no es inmediato: puede llevar años, e incluso más de ocho en algunos
casos, mientras que la producción de ciertos misiles requiere hasta dos años.
La cuestión, por tanto, no es si puede destruir más que nadie, sino si puede
sostener ese ritmo de destrucción en el tiempo. Como señalaba recientemente la
analista Mackenzie Eaglen, del conservador American Enterprise Institute, "guerra
tras guerra, Estados Unidos sigue quedándose sin municiones".
Y a esta
enorme limitación se une otra no menos limitante para Estados Unidos. La guerra
moderna introduce una enorme asimetría de costes, como también se está
comprobando en Irán: hay que utilizar sistemas de defensa muy caros para
neutralizar amenazas mucho más baratas. Los drones de bajo coste obligan a
utilizar interceptores que multiplican varias veces su precio y eso hace que la
superioridad tecnológica deje de ser una ventaja cuando no se puede sostener.
Dicho
todo esto de otro modo más simple: Estados Unidos sigue teniendo el ejército
más poderoso, eficaz y con mayor capacidad de dar un golpe letal, pero siempre
que la guerra no se alargue demasiado.
Irán y la estrategia del desgaste
Irán ha
comprendido bien esa limitación del imperio estadounidense y por eso se le
enfrenta sin perseguir una victoria militar clásica que nunca podría alcanzar.
Le basta con prolongar el conflicto, elevar los costes y tensionar el sistema
global
No es, ni
de lejos, una potencia industrial. Décadas de sanciones han limitado
severamente su acceso a tecnología avanzada, su capacidad manufacturera es
modesta y sus cadenas de suministro están sometidas a una presión constante. No
puede ganar una guerra convencional contra Estados Unidos. Probablemente lo
sabe. Pero esa es, exactamente, la clave: no necesita ganarla, sino no perderla
inmediatamente. Y para eso, sus limitaciones importan menos que las del
adversario, porque la asimetría no opera en el plano de la capacidad total
(totalmente a favor de Estados Unidos), sino en el del tiempo para las partes.
Cada semana de conflicto que Irán puede sostener —con drones baratos, con la
amenaza latente sobre el estrecho de Ormuz o las fuentes de petróleo, gas y
azufre— es una semana que Estados Unidos tiene que financiar, reponer y
justificar políticamente ante su propia opinión pública. La debilidad, bien
administrada, puede ser una forma de resistencia. No porque Irán sea fuerte.
Sino porque la guerra de desgaste no la gana quien tiene más, sino quien
aguanta más. A Irán no le hace falta ganar la guerra para impedir que Estados
Unidos e Israel la ganen.
La gran
potencia que domina el mundo no se enfrenta hoy a un enemigo más fuerte, sino a
algo mucho más incómodo que le puede hacer perder la guerra: las consecuencias
de su propio éxito. El mismo proceso que permitió maximizar beneficios a sus
grandes empresas industriales debilitó la capacidad material necesaria para
sostener el poder militar de Estados Unidos.
Durante
décadas, su poder descansó sobre una combinación de industria, finanzas y
fuerza militar. Hoy, esa combinación sigue existiendo, pero ha perdido
equilibrio. Sigue teniendo el ejército y las finanzas más poderosas del mundo,
pero carece de la base material necesaria para sostener su poder cuando la
guerra deja de resolverse en operaciones rápidas y pasa a depender de la
capacidad de producción.
Al final,
como casi siempre, la cuestión no es quién golpea más fuerte, sino quién puede
seguir haciéndolo cuando las facturas empiezan a llegar. En este caso, en forma
de una capacidad de producción de la que Estados Unidos carece en estos
momentos.
P.S.
Después de haber entregado este artículo para publicar, se informa del
ultimatum de Trump a Irán: si no abre el estrecho, destrozará la
civilización, dice. Afirma que bombardeará instalaciones civiles, fuentes de
energía... cualquier cosa que se le ponga por delante. No le preocupa reconocer
que se va a convertir (si no lo era ya) en un criminal de guerra. No creo que
esto invalide la tesis de mi artículo. Más bien lo contrario. Estados Unidos
debe tratar de ganar dando golpes cada vez más letales y rápidos, precisamente
por lo que acabo de señalar. Quizá me haya equivocado con el título y debería
haber dicho Imperio sin industria, imperio brutal.


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