El consumo
cubre necesidades básicas
de sobrevivencia: habitación, comida, vestido; pero también necesidades
psicológicas; de aceptación, reputación y prestigio. De esta manera, se amplía
la producción a bienes de identidad como casas, objetos de arte, empresas;
objetos que intentan afirmar la pertenencia a un grupo, nación, cultura o
religión (Attali 1992).
Este blog resguarda documentos clásicos y contemporáneos de Antropología y Marxismo, que promueven la reflexión y el entendimiento de la sociedad capitalista, las sociedades etnológicas o precapitalistas, los procesos de cambio social y las luchas revolucionarias. Te invito a nutrir este proyecto escribiendo comentarios, compartiendo esta página con tus amigos y proponiendo textos apegados a esta temática. Sígueme también en Facebook: https://www.facebook.com/antropologiaymarxismo
lunes, 8 de junio de 2015
Diversidad cultural y lucha de clases
Víctor Manuel Ovalle
Hernández
Publicado en Boletín de Antropología Americana, no. 44,
Instituto Panamericano de Geografía e Historia, México, ene-dic 2008, pp.
141-152 y en Marxismo, Antropología e
Historia (y Filosofía), Miguel Ángel Adame (editor, compilador y
coordinador), Ediciones Navarra, México, 2011, pp.141-153.
Resumen
El término globalización se refiere al orden
mundial económico liberal que ha predominado en las últimas décadas y en el que
los diversos grupos humanos, con sus expresiones culturales particulares, coexisten
y dialogan recíprocamente. Lo que han omitido mencionar los teóricos y
promotores del sistema de mercado es que esta universalidad se ha estructurado conflictivamente, derivada del expansionismo
del Capitalismo tardío, que se abre paso por el mundo desplegando diversos mecanismos de coacción y violencia que son
los que apuntalan su dominio. En este trabajo se analizan estos mecanismos y
que tipo de respuestas originan entre las sociedades precapitalistas que subsisten en nuestra época.
En la década de 1980, el
economista Theodore Levitt (1983) utilizó el término globalización para describir las transformaciones que venían ocurriendo
en la economía mundial desde mediados de la década 1960. Actualmente, el
concepto alude a la integración de las distintas economías nacionales en un
mercado capitalista mundial; a la transformación del sector financiero e
industrial en una red global y a las innovaciones tecnológicas en los sistemas
de información, comunicaciones y transportes.
La disolución del bloque de
países de Europa del Este y de la Unión Soviética, a finales de la década 1980
y principios de los años 1990, facilitó la conformación del denominado Nuevo orden mundial unipolar con eje
principal en los Estados Unidos.
La Antropología ha
intentado explicar este proceso desde el ámbito de la cultura:
Hannerz (1992) –por
ejemplo-, asegura que la cultura global se caracteriza por una organización de
la diversidad más que por una repetición de uniformidad y que ésta se crea a
través de la interacción creciente de diferentes culturas locales, así como del
desarrollo de culturas que carecen de un anclaje claro dentro de algún
territorio dado.
Augé (1993) prefiere hablar
de sobremodernidad –más que de globalidad- a la que le concede tres figuras del
exceso: la superabundancia de acontecimientos, la superabundancia espacial y la
individualización de las referencias.
Adams, (1994) por su parte,
plantea que la globalización refiere la condición en la cual la información y
el impacto de los sucesos que ocurren en alguna parte del mundo se comunican
rápidamente a muchos otros puntos, saltando fronteras nacionales y barreras
ambientales.
Se puede precisar que la expansión
capitalista se consolida cuando las mercancías (en su modalidad de valores de cambio), que se
producen en algún lugar o región del planeta, se consumen en regiones distintas.
Cuando una comunidad utiliza sistemas de información, almacenamiento de datos y
tecnología de la comunicación como computadoras, televisores, radios,
reproductores de discos; teléfonos celulares, telefax y medios impresos como
periódicos, libros y revistas, no solamente consume la innovación tecnológica,
sino también, conjuntos de significados externos, que se articulan a los
significados propios.
Así, millones de personas
de diversos países, obtienen sus despensas en
grandes tiendas departamentales
de capital transnacional, adquieren sus aparatos de telecomunicación provenientes
de regiones lejanas, consumen series y programas televisivos realizados en
cualquier parte del mundo; los jóvenes consiguen y escuchan música a través de
Internet y hacen suyas las actitudes y formas de vestir de sus artistas
extranjeros favoritos; los niños están al tanto de las películas infantiles de
moda; los campesinos de los países dependientes consumen alimentos empacados provenientes de las potencias
occidentales.
¿Es esta universalidad en la producción y el
consumo un signo claro del Capitalismo
tardío neoliberal, o se trata de un
elemento más inserto en la lógica del Capital?
Marx (1983:32) ofrece una
descripción precisa del carácter uniformador y expansionista del Capitalismo en
su época:
Una revolución continua en la producción, una incesante
conmoción de todas las condiciones sociales, una inquietud y un movimiento
constantes distinguen la época burguesa de toda las anteriores. Todas las
relaciones estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas
veneradas durante siglos, quedan rotas; las nuevas se hacen añejas antes de
llegar a osificarse. Todo lo estamental y estancado se esfuma; todo lo sagrado
es profano… Espoleada por la necesidad de dar cada vez mayor salida a sus
productos, la burguesía recorre el mundo entero. Necesita anidar en todas
partes, establecerse en todas partes, crear vínculos en todas partes.
Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía
ha dado un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los
países. Con gran sentimiento de los reaccionarios, ha quitado a la industria su
base nacional. Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y están
destruyéndose continuamente. Son suplantadas por nuevas industrias... En lugar
de las antiguas necesidades, satisfechas con productos nacionales, surgen
necesidades nuevas, que reclaman para su satisfacción productos de los países
más apartados y de los climas más diversos. En lugar del antiguo aislamiento y
la autarquía de las regiones y naciones, se establece un intercambio universal,
una interdependencia universal de las naciones. Y esto se refiere tanto a la
producción material como a la intelectual.
Se puede entonces observar,
que la noción de globalidad desplegada por los promotores del libre mercado, en
la que se promueve la imagen de una civilización de grandes innovaciones
tecnológicas, logros democráticos y floreciente esplendor cultural, en realidad
maquilla la naturaleza depredadora
del Capitalismo mundial.
Marx echa por tierra esta
ideología y deja también claro que las formaciones sociales preexistentes son
desarticuladas al contacto con el Capital:
Merced al rápido perfeccionamiento de los instrumentos de
producción y al constante progreso de los medios de comunicación, la burguesía
arrastra a la corriente de la civilización a todas las naciones, hasta a las
más bárbaras. Los bajos precios de sus mercancías constituyen la artillería
pesada que derrumba todas las murallas de China y hace capitular a los bárbaros
más fanáticamente hostiles a los extranjeros. Obliga a todas las naciones, si
no quieren sucumbir, a adoptar el modo burgués de producción, las constriñe a
introducir la llamada civilización, es decir, a hacerse burgueses. En una
palabra: se forja un mundo a su imagen y semejanza… Del mismo modo que ha
subordinado el campo a la ciudad, ha subordinado los países bárbaros o
semibárbaros a los países civilizados, los pueblos campesinos a los pueblos
burgueses, el Oriente al Occidente (Marx 1983: 31-32).
Cerca de los 200 años de la publicación del Manifiesto comunista ¿Podemos constatar que el mundo entero ha caído bajo el dominio del Capitalismo? ¿Puede también confirmarse la idea de Marx de que el Capitalismo destruye todas las formaciones sociales precedentes? Y ¿Cómo explicamos la diversidad cultural registrada actualmente en el planeta? ¿No es ello prueba de que este proceso de integración aún continúa o incluso se ha detenido?
Adams (1994) piensa que el
proceso de globalización comenzó en el paleolítico tardío, cuando los pueblos
nómadas cruzaron el hemisferio occidental, y que ha estado desarrollándose más
rápida e intensamente en épocas recientes. Si bien es cierto que desde épocas
antiguas los pueblos establecían intercambios a través del comercio y de las
guerras de expansión, vastas regiones del planeta con formaciones
socioeconómicas distintas pasaron inadvertidas entre sí a lo largo de milenios.
La América precolombina
gozó de un desarrollo autónomo hasta el siglo XVI, cuando se reactiva la
expansión europea en el mundo, portando el germen de un nuevo sistema social:
el Capitalismo. Encontramos en este parteaguas
de la Historia, el primer saqueo intensivo de metales preciosos a un continente
distinto, el cual favoreció la acumulación originaria de capital en Europa; y los primeros significados de tipo global
que serían implementados en forma violenta: la ideas de sumisión a un poder
superior y de salvación en una vida posterior, el respeto al estatus y a la
propiedad de los conquistadores, nociones emanadas del terror y el miedo, que
fueron incrustadas en la mentalidad de los pueblos colonizados y que
constituyeron las primeras piezas –además del lenguaje- del eslabonamiento
simbólico que haría posible la implantación posterior de los valores del
sistema de mercado.
Desde la llegada de los
españoles al continente americano, se hizo evidente que para establecer el
dominio colonial, no era suficiente la presencia militar y la destrucción de
las representaciones cosmogónicas de los americanos. Se ensayó entonces el
control de las mentalidades a través de la “conquista espiritual” o
cristianización de las poblaciones locales (Moreno 2002:60), que entre otras
cosas, sustituyó deidades prehispánicas por santos católicos, templos por
iglesias, lenguas locales por el idioma español, etc. A partir de ese contacto,
el flujo de información desde los centros de poder no ha cesado, se ha incrementado
en razón del desarrollo de los medios de comunicación y de difusión masiva. Del
adoctrinamiento en los templos católicos del siglo XVI arribamos al
adoctrinamiento cotidiano que llevan a cabo las cadenas televisivas, las
radiodifusoras y la mayoría de los diarios de difusión nacional en nuestras
propias casas, además de la educación formal basada en principios occidentales
y que ha modelado el comportamiento de las familias en América Latina.
La consolidación de los
Estados-Nación en Occidente durante el siglo XIX, impuso un conjunto de ideas presuntamente
universales que atravesaron la cosmogonía de los pueblos y dieron un nuevo
sentido a su actuar cotidiano: los conceptos de individuo, ciudadanía,
soberanía y privacidad; la idea de avance social asociada al progreso tecnológico;
las ideas de libertad e igualdad jurídicas, entre otras.
Para el Siglo XX, el
discurso de los Derechos Humanos homogeniza el deber ser de las
naciones, que criminaliza, aísla políticamente e incluso justifica
intervenciones militares en los países que no se subordinan plenamente a él y
que de paso expresan oposición a los acuerdos de libre comercio y las políticas
del Fondo Monetario Internacional (FMI), El Banco Mundial (BM) y la
Organización Mundial del Comercio (OMC), como ha sido el caso de Afganistán,
Irak, Irán, Venezuela, Cuba y Corea del Norte.
Chakrabarty (2008:77)
señala que lo que realmente se minimiza en las historias que celebran el
advenimiento del Estado moderno y la idea de ciudadanía es la represión y la
violencia que resultan tan decisivas para el triunfo de lo moderno como el
poder de persuasión de sus estrategias retóricas.
Al transcurrir las primeras décadas del Siglo XXI, la diversidad cultural o multiculturalismo que tanto celebran los teóricos del Capitalismo,
aparece sesgada y degradada por el supremo mercado. Como lo describe Kohan
(2003:128-129):
Para desgracia de la antropología (que nació al calor de
las administraciones colonialistas), desaparece el exotismo, todo se tiñe del
color mercantil: El folk, antes
aislado, se disuelve ahora en el torrente de la oferta y la demanda. En la
cultura actual ya no hay “paraísos vírgenes” ni “islas perdidas” (uno de los
sueños fundacionales del pionner
capitalista). La virginidad es la virginidad previamente prostituida y
corrompida por el dólar. El habitante “típico” de las colonias se disfraza para
el tour. Las “costumbres ancestrales”
se reconstruyen en la vidriera armada artificialmente al ritmo de las agencias
de viaje y de los guías turísticos. Y además in english, always in
english. Of course (en inglés, siempre en inglés. Por supuesto). Con
sus miserias y sus múltiples coloridos, el mundo se unifica, se vuelve uno.
El imperialismo extiende su agresividad por todo el planeta. El valor de cambio
se torna entonces rey mundial, coronado por el otrora valor de uso,
recientemente mercantilizado. El reinado
del fetiche se universaliza al infinito.
De esta manera, el sistema
de mercado sólo muestra tolerancia por las expresiones culturales
comercializables. Emerge entonces la razón de ser del Capitalismo: la
acumulación ilimitada de riqueza material en manos de particulares a costa del
trabajo de millones de personas en todo el mundo, a través de cuando menos los
últimos 250 años, periodo durante el cual, el colonialismo, el saqueo y la
destrucción cultural, allanaron el camino para la sustitución de la producción
de valores de uso por valores de cambio en las antiguas formaciones sociales:
El capital se forma rápidamente un mercado interno a
través de la aniquilación de toda la industria campesina accesoria y así hila y
teje para todos, a todos viste, etc., en suma, otorga la forma de valores da
cambio a todas las mercancías antes creadas como valores de uso inmediato, un
proceso que se deriva por sí mismo de la separación de los trabajadores con
respecto al suelo y a la propiedad… Por lo tanto, ante todo, separación del
trabajador con respecto a la tierra como su laboratorium natural y, por
consiguiente, disolución de la pequeña propiedad de la tierra… (Marx 1989:67,115).
Para facilitar el
predominio del mercado, se ha instalado una infraestructura económica (rutas de
comercio, transportes, almacenes y centros de distribución), la cual permite
que las mercancías circulen de unas regiones a otras, que sean adquiridas y
consumidas en las diversas poblaciones, que se genere ganancia a los
capitalistas y que se inicie un nuevo ciclo de producción, distribución y consumo. Pero la infraestructura
económica, por sí misma, no es capaz de generar los mercados si no existen los hábitos de consumo necesarios dentro de
una población. Bauman (1969:20) sostiene que el pensamiento administrativo
enseña como manipular la conducta humana ordenando la pauta de situaciones
externas; restringe la gama posible de elección “libre”, haciendo que la cadena
de hierro de la necesidad sea lo suficientemente apretada para asegurar un alto
grado de predictibilidad y manejabilidad de los comportamientos. Augé (1993:13)
señala que el Capitalismo tiende a la uniformidad y estandarización de las
necesidades y de los comportamientos de consumo.
Asimismo, el sistema de
mercado debe promover la vigencia de dichas necesidades para ser satisfechas a
través del consumo de mercancías efímeras, que conduce al fetichismo por la
innovación tecnológica. De esta manera, un teléfono celular, se convierte en un
lapso breve de tiempo, también en reloj, despertador, calculadora, reproductor
de música, cámara fotográfica, de vídeo y hasta en dispositivo de acceso a
Internet y televisor, convirtiendo en anacrónicas las versiones anteriores. Se
da así salida, en forma vertiginosa, al ciclo de la producción y el consumo.
Es evidente que al
iniciarse el proceso de producción masiva y distribución a distancia sólo unas
cuantas mercancías habrían sido consumidas. Seguramente, las equivalentes a las
que ya existían, pero que ofrecían alguna ventaja adicional como un menor costo
o una presentación más atractiva.
Pérez Castro (1982:88-89) incursiona en el proceso de la producción
capitalista que modifica los hábitos de consumo en las comunidades de México:
La presencia del capitalismo se había empezado a sentir
en las comunidades desde la época colonial, cuando la producción de la
cochinilla y de fibras producidas fueron destinadas al mercado nacional e
internacional, adquiriendo su exportación un fuerte impulso de 1860 a 1878.
Además, el proceso de proletarización que se gestaba a través del trabajo
asalariado que muchos indígenas desempeñaban en las minas, fueron procesos que
llevaban a que el capitalismo desarrollase una loca carrera, la cual se vio
frenada para continuarla después, lenta, pero en forma segura en el interior de
las comunidades… Con la consolidación de la producción mercantil, las
comunidades ejidales quedaron dependientes del mercado. Esta dependencia se
hace mayor en la medida que se especializan en determinados productos, llevando
a que todo el tiempo de trabajos se destine a su producción y, con ello, se
releguen o se dejen de producir otros para el consumo; consecuentemente
necesitan comprarlos, aumentándose así la dependencia del mercado. Ya no
importa producir valores de uso, sino que la producción de valores de cambio,
pasa a ocupar un primer plano, dándose la base para la creación de un mercado
interno.
La producción mercantil produjo la especialización en la
agricultura, manifestada en el hecho de que los ejidos, comunidades y pequeñas
propiedades destinaron su producción al monocultivo de café, algodón, caña de
azúcar, tabaco, maíz, trigo u otras materias primas. Como resultado de la venta
de sus productos, se crea la demanda de ciertos artículos para el consumo
–ropa, medicinas, alimentos y artículos para festividades, entre otros-
determinándose así que los ingresos obtenidos por la venta de sus productos,
penetren nuevamente a la esfera de la circulación a través del mercado… La
tierra, al ser un recurso limitado, y encontrándose que, las de mayor
extensión, de mejor calidad, con riego, y generalmente ubicadas en las partes
planas continuaron en poder de la burguesía terrateniente, produjo que esa
población campesina desposeída fuera en aumento –ya que a ella empezaron a
sumarse los hijos de ejidatarios y los campesinos que vendían sus tierras,
creándose en el agro mexicano un proletariado agrícola dependiente del trabajo
asalariado.
Por su parte, Artis y
Coello (1982: 75) registran cambios en los hábitos de consumo de la zona chol;
en el municipio de Tila del Estado de Chiapas:
Se operó un visible cambio en el consumo, tanto el
productivo como el individual, esto es, en la indumentaria, en la alimentación,
en los medicamentos, en las casas habitación. Las transformaciones que se
sucedieron en los objetos de consumo fueron en un primer momento meros
reemplazos de lo que había dejado de producir, o sea, se trataba de objetos de
utilidad semejante. Sin embargo, el asiduo contacto con el mercado y con los
comerciantes y la nueva situación toda, fueron creando cada vez más
necesidades, de manera que no se dejó esperar mucho en Tila la invasión de
objetos como radios, relojes, etcétera.
Durante el siglo XX, se
conformó el bloque de países socialistas dirigidos por la Unión Soviética, el
cual ejerció límites al expansionismo colonial de Occidente, pero una vez
superada esta contradicción -debido a la descomposición interna de este
conjunto de naciones y bajo la presión de las fuerzas económicas, ideológicas y
militares de las potencias occidentales-, el Capitalismo desarrolló una
política de expansión más agresiva para consolidar su presencia y dominio en el
mundo, diluyendo las resistencias económicas, políticas y militares en vastas
regiones y reavivando nuevas oposiciones como en el caso de Medio Oriente y
algunos países de Sudamérica.
Asistimos entonces a un
reacomodo del modo de producción capitalista, asentado en las corporaciones
transnacionales, la fuerza militar y el poder financiero internacional.
En términos leninistas, nos
encontramos ante una profundización de la fase imperialista:
Si fuera necesario dar una definición lo más breve
posible del imperialismo, debería decirse que el imperialismo es la fase
monopolista del capitalismo. Esa definición comprendería lo principal, pues,
por una parte, el capital financiero es el capital bancario de algunos grandes
bancos monopolistas fundido con el capital de los grupos monopolistas
industriales y, por otra, el reparto del mundo es el tránsito de la política
colonial, que se extiende sin obstáculos a las regiones todavía no apropiadas
por ninguna potencia capitalista, a la política colonial de dominación
monopolista de los territorios del globo enteramente repartido (Lenin 1976:
237-38).
Como plantea Ortiz (1996),
la mundialización de la cultura trae consigo poderosos vectores de dominación
hasta el punto de articularse a nivel planetario.
No obstante, también
observamos una cantidad importante de oposiciones, no sólo de ciertos sectores
sociales organizados políticamente, sino de países y conjuntos de naciones como
Irán, Cuba, Corea del Norte y los países que integran la Alianza Bolivariana
para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), impulsado por Venezuela, que se
propuso incluir a todos los países latinoamericanos, y en el que Estados Unidos
quedaba excluido, buscando con ello dar un viraje a las relaciones de poder a
nivel regional.
Durante el siglo XXI, la mayoría de las formaciones sociales de base étnico-campesina que se oponían
al desarrollo del Capitalismo parecen haber sido destruidas. Pero esta
destrucción debemos entenderla en sentido dialéctico, es decir, que esos
distintos modos de producción fueron integrados a la lógica del Capital como
contradicciones emergentes, en un proceso paulatino que se inicia en la etapa
colonialista y culmina en nuestros días.
Así, encontramos en la
actualidad ejemplos como el de China, un país con 1350 millones de habitantes,
que cuenta con un mercado potencial para las marcas extranjeras de 250 millones
de personas (clases medias y acomodadas), localizadas en las ciudades grandes y
medianas. Quedan excluidas de este mercado, la clase trabajadora, que muestra
una fuerte preferencia por las marcas locales; y las zonas rurales (70% del
total), donde los individuos perciben un salario entre 15 y 40 dólares al mes
(Casaburi y Sánchez 2010). Este ejemplo nos muestra una de las contradicciones
insalvables del Capitalismo, que ofrece a los pueblos un estilo de vida basado
en la individualización y el consumo de sus productos manufacturados, pero que
no les proporciona los medios económicos suficientes para acceder a ellos.
De esta manera, la individualización
de la cotidianidad y la idea de avance social a través del progreso material en
un ambiente hostil de competencia a todos los niveles de las relaciones
sociales, constantes flujos migratorios, saqueo de los recursos naturales
comunitarios, incertidumbre, violencia, represión y explotación económica, no
son capaces de generar seres humanos plenos, por lo que la tradición o legado cultural, se convierte en un referente de
identidad, incluso en un arma de lucha política y social de esas mismas
formaciones sociales o conjuntos de comunidades, que se rearticulan para
constituirse en oposición interna al Capitalismo de esta época.
Bonfil Batalla, en su
célebre publicación (1994:11), señalaba que los pueblos del México profundo
crean y recrean continuamente su cultura, la ajustan a las presiones
cambiantes, refuerzan sus ámbitos propios y privados, hacen suyos elementos
culturales ajenos para ponerlos a su servicio, reiteran cíclicamente los actos
colectivos que son una manera de expresar y renovar su identidad propia; callan
o revelan, según una estrategia afinada por siglos de resistencia.
Se recurre entonces, a los
legados históricos, plenos de significados, aun cuando estos mismos se
encuentren atravesados por contenidos opresivos como el patriarcado, el etnocentrismo y el dogmatismo religioso.
Es en esta lucha –en la que
el Capitalismo es predominante-, en la que observamos la disolución completa de
muchas comunidades etnológicas, otras resisten apelando a la tradición y unas
más -ya integradas plenamente-, ceden elementos de su cultura como las tierras
y bosques, los lugares sagrados, las zonas arqueológicas, los platillos, el
vestido, la música; para ser convertidos por el Capital en mercancías exóticas
dirigidas al turismo y al mercado internacional.
De esta manera, la lucha
proletaria, sustentada en la conciencia de clase, no constituye la
única oposición al Capitalismo, aunque sí, su contradicción fundamental,
interactuando y mezclándose dinámicamente con esos otros proyectos alternativos
de sociedad, aunque de carácter conservador, que se constituyen en
contradicciones secundarias. Como las definiría Marx en el mismo Manifiesto:
De todas las clases que hoy se enfrentan con la
burguesía, sólo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria. Las
demás clases van degenerando y desaparecen con el desarrollo de la gran
industria; el proletariado, en cambio, es su producto más peculiar.
Los estamentos medios –el pequeño industrial, el pequeño
comerciante, el artesano, el campesino-, todos ellos luchan contra la burguesía
para salvar de la ruina su existencia como tales estamentos medios. No son,
pues, revolucionarios, sino conservadores. Más todavía, son reaccionarios, ya
que pretenden volver atrás la rueda de la historia. Son revolucionarios
únicamente por cuanto tienen ante sí la perspectiva de su tránsito inminente al
proletariado, defendiendo así, no sus intereses presentes, sino sus intereses
futuros, por cuanto abandonan sus propios puntos de vista para adoptar los del
proletariado (Marx 1983:38).
Esta argumentación alcanza
a las luchas religiosas, feministas, ambientalistas y estudiantiles, de carácter
multiclasista; derivadas de las contradicciones internas del Capitalismo de
nuestra época, que intentan alcanzar sus objetivos de inclusión,
reconocimiento, equidad de género, respeto por el ambiente y educación pública
gratuita, dentro de un sistema depredador que en su naturaleza no concibe la
convivencia entre los seres humanos y la armonía con su entorno físico, sino
que sólo manifiesta compulsión por la acumulación de riqueza material, aun a
costa de la destrucción de regiones y poblaciones enteras de seres humanos.
También en el ámbito
intelectual surgen voces críticas al Capitalismo, pero que terminan planteando
salidas conservadoras:
Ante la amenaza de uniformidad… se
reivindica la urgencia de volver a las raíces, de recobrar peculiaridades y
afirmar diferencias, de hacer efectiva la pluralidad de la sociedad
contemporánea, como riqueza irrepetible de la condición humana (Tovar 1994:
532).
Todas estas luchas pueden
abandonar la franca y estoica resistencia; y proveerse de un bagaje teórico descolonizador,
opuesto al Capitalismo, que depure su legado histórico-cultural con un sentido
revolucionario, a través de la perspectiva socialista, cuyo objetivo es construir un sistema social a nivel planetario en el que
el trabajo sea liberado, sus productos equitativamente distribuidos y
en el que cada grupo humano tenga cabida para desplegar su producción económica y su cultura en forma armónica con la naturaleza.
Avanzado el siglo XXI, la lucha de clases a nivel mundial es más que evidente.
El Capital continúa su expansión a costa del trabajo de millones de personas,
las cuales, lejos de mejorar su calidad de vida, se siguen empobreciendo y buscan
la manera de oponerse organizadamente. La disyuntiva, se establece entonces,
entre seguir resistiendo indefinidamente a través de generaciones, apelando al
legado histórico-cultural, o desarrollar una praxis científica y transformadora
que conduzca a la destrucción del Capitalismo, tarea que sólo puede ser
realizada por las diversas corrientes marxistas.
Habría que señalar que el
Capitalismo no sólo provoca degradación humana, genera también conciencias internacionalistas
o globales que manifiestan su solidaridad con los trabajadores explotados, los
que sufren discriminación, los que padecen guerras, hambre y con los que
enfrentan desastres en otras latitudes. En la dictadura del mercado también se
construye una identidad planetaria que es consciente de los peligros
ambientales que conlleva la explotación desmedida de los recursos naturales.
Al
correr la primera mitad del Siglo XXI, otro mundo es posible y necesario. La
historia continúa… y ésta es la principal promesa para el presente siglo.
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martes, 31 de marzo de 2015
El caos sistémico se instala en Sudamérica
Raúl Zibechi
Publicado
en La Jornada
el 20 de marzo de 2015.
Propongo entender la
coyuntura por la que atraviesa Sudamérica como el ingreso de la región
en la situación de caos sistémico que atraviesa el mundo. Postulo que
las manifestaciones del pasado fin de semana en algunas grandes ciudades
de Brasil y el acoso interno y externo que sufre el gobierno de
Venezuela encarnan un salto cualitativo en esa dirección, en la que se
despliegan cuatro grandes fuerzas cuyas fricciones y choques conforman
una situación de creciente caos.
La primera frase del informe Tendencias globales hacia 2030, emitido por el Consejo Nacional de Inteligencia de Estados Unidos en 2012, destaca que en 2030 el mundo habrá sufrido
cambios radicalesy que ningún país ostentará la hegemonía global. El quinto informe de la agencia concluye que el poder se ha desplazado hacia el este y el sur y que el espacio económico y estratégico asiático habrá superado al de Europa y Estados Unidos juntos. Estamos en plena transición hacia ese mundo.
Con base en esa previsión, las élites estadunidenses se aferran al análisis de su principal geoestratega, Nicholas Spykman. Más de la mitad de su obra America’s strategy in world politics, publicada en 1942, está dedicada al papel que debe jugar la potencia en América Latina, y en particular, en Sudamérica. Como bien lo recuerda el cientista político brasileño José Luis Fiori, la clave es la separación de una América Latina
mediterráneadel resto, que incluye México, Centroamérica, el Caribe, Colombia y Venezuela, como una zona donde la supremacía de Estados Unidos no puede ser cuestionada,
un mar cerradocuyas llaves pertenecen a Washington.
El resto de Sudamérica, los países fuera de la zona de su
inmediata hegemonía, tienen un trato sólo parcialmente diferente. Spykman plantea que si los grandes estados del sur (Argentina, Brasil y Chile) se unieran para contrabalancear la hegemonía estadunidense, se les debe responder mediante la guerra. Fiori se lamenta de que los países de la región, y particularmente Brasil, no tengan esto tan claro como la superpotencia (Valor, 29/1/14).
La hegemonía estadunidense, en ambas zonas, está siendo socavada por tres fuerzas: China, los gobiernos progresistas y los movimientos populares. En conjunto, tenemos cuatro fuerzas en disputa cuya colisión definirá el escenario latinoamericano por largo tiempo. De algún modo, representan los papeles que tuvieron españoles (y portugueses), ingleses, criollos y sectores populares durante las independencias.
La primera de esas fuerzas, Estados Unidos, cuenta con poder militar, económico y diplomático, además de aliados poderosos, como para desestabilizar a quienes se le opongan. Ciertamente, ya no tiene un poder casi absoluto como el que le permitió encadenar golpes de Estado para disciplinar la región a su antojo en los años 60 y 70.
La segunda fuerza, China, está desplegando básicamente poder económico y financiero. Ha realizado fuertes inversiones en Venezuela, Argentina y Ecuador, mantiene relaciones importantes con Brasil y Cuba, y adelanta proyectos arriesgados (para Estados Unidos) como el canal de Nicaragua, que competirá con el de Panamá. El primer Foro China-CELAC, celebrado en enero en Pekín, es una muestra del avance de las relaciones chinas con América Latina y anuncia que este proceso no se va a detener.
La tercera fuerza, los gobiernos progresistas, es la más vacilante y contradictoria. Por un lado, se apoyan en los países emergentes, sobre todo China, y en menor medida Rusia. Por otro lado, se apoyan en el modelo extractivo, que implica alianza con China (y otros), pero, sobre todo, es un modo de acumulación que fortalece a las derechas y a las burguesías, así como el modelo industrial fortalecía a trabajadores, sindicatos y partidos de izquierda.
El rentismo petrolero venezolano necesita de intermediarios separados de los trabajadores, sean gestores, administradores o militares. Brasil es un buen ejemplo. El extractivismo minero/soyero/inmobiliario debilita a los movimientos, le da más poder y fuerza a las multinacionales y a los especuladores urbanos, a tal punto que sus más conspicuos representantes están en el gabinete de Dilma Rousseff. Continuar con el modelo extractivo es un suicidio político. Polariza a la sociedad y aleja a los sectores populares de las izquierdas. No genera corrupción: es corrupción, porque se basa en el despojo de campesinos y pobres urbanos.
Para la cuarta fuerza, los sectores populares organizados, que son el eje de este análisis, el extractivismo/acumulación por despojo/cuarta guerra mundial es una agresión permanente a sus modos de vida y sobrevivencia. La gran novedad de los dos últimos años es que progresivamente se están autonomizando de los gobiernos progresistas, en gran medida a consecuencia del modelo imperante, que los condena a ser dependientes de las políticas sociales, afectando su dignidad.
Esas políticas están perdiendo su capacidad de disciplinar, como quedó demostrado en Brasil en junio de 2013 y cada vez más en toda la región. Los nuevos-nuevos movimientos que están emergiendo, sumados a los viejos movimientos que han sido capaces de reinventarse para seguir en la pelea, están reconfigurando el mapa de las luchas sociales.
Si los gobiernos progresistas persisten en su alianza con los emergentes y con franjas de las burguesías de cada país, seguirán ensanchando la brecha que los separa de los sectores populares organizados. Los movimientos de los de abajo son la única fuerza capaz de derrotar el actual ascenso de las derechas y la injerencia estadunidense.
Así como el ciclo de luchas de finales de los 90 y comienzos de 2000 deslegitimó el modelo neoliberal, sólo un nuevo ciclo de luchas puede volver a modificar la relación de fuerzas en la región. Como demuestra el caso de Brasil luego de junio de 2013, los gobiernos progresistas se muestran temerosos de los movimientos autónomos y prefieren tejer alianzas con los poderes conservadores.
Hombres del Quinto Mundo (Documental completo)
De su mano conoceremos los rituales en los que se toma contacto con el mundo paralelo en el que los dioses, los espíritus y los hombres viven juntos. Conoceremos el papel fundamental que ejerce el digeridu, un instrumento musical empleado en los estos rituales. Veremos cómo es fabricado por los propios músicos, que nos hablarán de la compleja técnica que utilizan para hacerlo sonar.
Las pinturas rupestres de Ubi Rock abrirán la puerta que muestra la espiritualidad de estos pueblos en los que sus totems sagrados son referencia directa del mundo natural que les rodea. Analizaremos las pinturas que hoy día continúan realizando para representar sus sueños y la trascendencia de este arte pictórico.
Participaremos con ellos en la fabricación del famoso boomerang y en el banquete al que da paso la pesca de una tortuga gigante. Pero la comunidad aborigen nos mostrará también el lado más amargo de su vida: las reservas en las sus gentes parecen estar destinadas a una lenta extinción.
sábado, 28 de febrero de 2015
La destrucción de la conciencia en la Academia Nacional de las Ciencias de EE UU. Entrevista
|
|
| Marshall Sahlins · David H. Price |
| 24/03/13 |
El
pasado viernes, Marshall Sahlins, un respetado antropólogo de la Universidad de
Chicago, dimitió formalmente de la Academia Nacional de las Ciencias (NAS), la
sociedad científica más prestigiosa de los Estados Unidos. Con este motivo,
otro reputado antropólogo, David H.
Price le entrevistó para CounterPunch.
Sahlins
dice que dimitió debido a sus «objeciones a la elección de (Napoleón)
Chagnon y a los proyectos de investigación militares de la Academia.»
Sahlins fue elegido miembro de la Academia Nacional de las Ciencias en 1991.
Para explicar su dimisión emitió el siguiente comunicado:
«Según
la evidencia de sus propios escritos, así como el testimonio de otros, entre
ellos los pueblos amazónicos y los académicos de la región, Chagnon ha
ocasionado importantes daños a las comunidades indígenas en las que investigó.
Al mismo tiempo, sus declaraciones «científicas» acerca de la
evolución humana y de la selección genética para la violencia masculina –como
en el famoso estudio que publicó en 1988 en Science– han demostrado ser superficiales y sin fundamento, lo que perjudica a la
ciencia antropológica. En el mejor de los casos, su elección para la NAS ha
sido un golpe intelectual y moral a parte de los miembros de la Academia.
Tanto, que mi propia participación en la Academia se ha vuelto embarazosa.
Tampoco
quiero participar en la ayuda y el apoyo que la NAS está proporcionando a la
investigación en ciencia social para mejorar la actuación en combate de los
militares de EE UU, teniendo en cuenta el peaje que los militares han pagado en
sangre, riqueza y felicidad del pueblo norteamericano y el sufrimiento impuesto
a otros pueblos en las innecesarias guerras de este siglo. Creo que si la NAS
se implica en este tipo de investigación debería ser para estudiar como
promover la paz, no como hacer la guerra.»
Napoleón
Chagnon saltó a la fama a raíz se su trabajo de campo entre los yanomami
(también conocidos como yanomamo) en las selvas lluviosas de la cuenca del
Orinoco al nordeste de Sudamérica, en los años 1960 y 70. Escribió una
etnografía, que fue un bestseller, que se utilizó en las clases introductorias
de antropología en todo el mundo, en la que describía a los yanomami como un
«pueblo violento» debido a los elevados niveles de guerra, intra e
inter grupo, observados durante su
trabajo de campo, propensión a la guerra que describía como innata y
representativa de la humanidad en una especie de imaginado estado natural.
Actualmente
Chagnon está disfrutando de su celebridad en una gira nacional para el
lanzamiento de un libro (Nobel Savages) en el que pinta al grueso
de los antropólogos norteamericanos como cretinos postmodernos anti-ciencia y
con el cerebro reblandecido, enzarzados en una guerra contra la ciencia.
La
verdad es que, excepto en el espacio distorsionado del New York Times y otros pocos medios por el estilo, no hay ninguna
«guerra científica» en la antropología. Por el contrario, el amplio rechazo del trabajo de Chagnon
por parte de muchos antropólogos tiene que ver con la baja calidad de su
investigación. En su blog Anthropomics,
el antropólogo Jon Marks describía recientemente a Chagnon como un
«antropólogo incompetente», añadiendo:
“Permítanme que les aclare mi utilización de la
palabra «incompetente». Sus métodos para recoger, analizar e
interpretar los datos no pueden considerase como una práctica antropológica
aceptable. Es verdad que vio a los yanomamo haciendo cosas desagradables. Pero
al concluir de sus observaciones que los yanomamo son innata y primordialmente
«violentos» ha perdido su credibilidad antropológica porque no ha
demostrado nada en este sentido. Tiene derecho a sus puntos de vista, como lo
tienen los creacionistas y los racistas, pero la evidencia no apoya la
conclusión, lo que la hace científicamente incompetente”.
El
amplio rechazo de las interpretaciones de Chagnon entre los antropólogos
proviene de la poca calidad de su trabajo y de la orientación sociobiológista de
su análisis, no de una oposición a la ciencia.
Entre
los más acérrimos críticos de Chagnon se encuentra el director de mi tesis
doctoral, el antropólogo Marvin Harris, él mismo un archipositivista y gran
defensor del método científico. Sin embargo, Harris rechazó a Chagnon y sus
resultados sociobiológicos en unos duros debates académicos que duraron
décadas, no porque Harris fuera anti-ciencia, sino porque Chagnon era un mal
científico (quiero señalar que Harris y Sahlins también tuvieron debates famosos
sobre diferencias teóricas fundamentales; no obstante ambos están de
acuerdo al objetar la militarización de la disciplina y en el rechazo del
trabajo sociobiológico de Chagnon).
Supongo
que si realmente hubiera batallas a favor o en contra de la ciencia dentro de
la antropología, me encontraría en el campo de la ciencia como el que
más; pero si realmente existieran tales divisiones no estaría más
dispuesto a aceptar la validez y fiabilidad (las señales distintivas de la
buena ciencia) de los hallazgos de Chagnon que los de aquellos que
supuestamente rechazan los fundamentos de la ciencia.
En
el 2000 hubo, en efecto, una crisis importante y muy dolorosa en la Asociación
Antropológica Americana a raíz de la publicación del libro de Patrick Tierney, Oscuridad en El Dorado, en el que se
hacían numerosas acusaciones de explotación (y aún peor) contra Chagnon y otros
antropólogos que trabajaban con los yanomami (ver el ensayo de Bárbara Rose
Johnston sobre el film de José Padilla, Secretos
de la Tribu). Sin entrar en todos los detalles y rodeos que fueron
necesarios para demostrar el daño hecho por Chagnon y la insuficiencia de
sus conclusiones, baste con decir que la decisión de ofrecer uno de los puestos
más selectos de la Sección 51 de la Academia Nacional de las Ciencias al Dr.
Chagnon es una ofensa a un amplio grupo de antropólogos, se identifiquen o no a
sí mismos como científicos.
La
dimisión de Marshall Sahlins es una heroica denuncia contra la subversión de la
ciencia por parte de aquellos que declaran que la violencia humana es naturalmente
innata, así como una oposición a la creciente militarización de la ciencia.
Aunque las credenciales de Sahlins como activista contra la militarización del
conocimiento están bien establecidas –es ampliamente reconocido como el
creador del «teach-in» como forma de protesta, que organizó por
primera vez en febrero de 1965 en la Universidad de Michigan– no le debe haber
resultado fácil dimitir de este prestigioso puesto.
A
finales de 1965 Sahlins viajó al Vietnam para conocer de primera mano la guerra
y los norteamericanos que luchaban en ella, siendo su resultado su fundamental
ensayo «La destrucción de la conciencia en Vietnam». Se convirtió
en una de las voces más lúcidas y fuertes contra los esfuerzos (en la
Norteamérica de los años 60 y 70 y luego, otra vez, después de los 09/11) para
militarizar la antropología.
En
2009 participé en una conferencia en la Universidad de Chicago, que examinaba
críticamente los renovados esfuerzos de las agencias militares y de espionaje
de EE UU para utilizar datos antropológicos en campañas contra-insurgencia. La
ponencia de Sahlins en la conferencia argumentaba que «en Vietnam la famosa
estrategia contra-insurgente fue buscar y destruir; aquí es investigar y
destruir. Quizás sea una buena noticia que la apropiación militar de la teoría
antropológica es incoherente, simplista y pasada de moda –por no decir tediosa– incluso si sus protocolos etnográficos para estudiar la sociedad y la cultura
local son fantasías imposibles».
Anteayer,
Sahlins me envió un correo electrónico, que había estado circulando entre los
miembros de la Sección 51 (Antropología) de la NAS, que anunciaba dos nuevos «proyectos de
consenso» bajo el patronazgo del Instituto de Investigación del Ejército.
El primer proyecto examinaba «El contexto del entorno militar : los
factores sociales y organizacionales», el segundo «La medida de las
capacidades humanas: el potencial de actuación de individuos y colectivos».
Leyendo el anuncio de estos proyectos enviado por Sahlins está claro que los
militares buscan la ayuda de los científicos sociales, que pueden orientar las
operaciones militares utilizando la ciencia social y la ingeniería social, para
hacer posible que unidades intercambiables de personas que trabajan en
proyectos militares interactúen sin problemas. Este parece ser cada vez más el
papel que los norteamericanos asignan a los antropólogos y otros científicos
sociales: el de mediador militar.
He
aquí el intercambio que tuve con Sahlins sobre su dimisión, la elección de
Chagnon a la Academia Nacional de las Ciencias y las relaciones de la Academia con los proyectos militares.
Price: ¿Como ha conseguido
Chagnon que los numerosos ataques a su investigación éticamente preocupante y a
sus métodos y conclusiones científicamente cuestionables, se hayan convertido
en algo que es ampliamente considerado como un ataque a la ciencia en sí
misma ?
Sahlins:
En el campo de Chagnon no se ha hablado de los temas, en especial de las
críticas a sus supuestos resultados empíricos, como el artículo de Science de
1988 y las numerosas críticas de los antropólogos amazónicos a su superficial
etnografía y su retrato perversamente distorsionado de los yanomami. Estos científicos pro-Chagnon simplemente rechazan discutir los hechos etnográficos. En vez de
esto lanzan ataques ad hominem: antes era contra los marxistas, ahora contra
los «humanistas desorientados». Mientras, intentan presentarlo como una
persecución ideológica anti-ciencia. De nuevo, irónicamente, desviando el tema
para eludir la discusión de los hechos empíricos. Mientras, el importante daño,
físico y emocional, inflingido a los yanomami, además de la mezquina
instigación a la guerra de sus métodos de trabajo, se ignoran completamente en
nombre de la ciencia. Investiga y destruye, como califiqué el método. Un
absoluto escaqueo moral.
Price: La mayor parte de la
publicidad que gira alrededor de su dimisión de la Academia Nacional de las
Ciencias se centra, o bien en la elección de Napoleón Chagnon a la Asociación,
o en las supuestas «guerras científicas» en la antropología,
mientras que los medios han prestado muy poca atención a sus declaraciones
contra las crecientes relaciones de la NAS con los proyectos militares. ¿como
reaccionaron los miembros de la Sección 51 de la NAS a la convocatoria de octubre
2012 dirigida a los miembros de la Academia para la realización de
investigaciones con el objetivo de mejorar la eficacia de las misiones
militares ?
Sahlins:
La Academia Nacional de las Ciencias como tal no realizaría la investigación.
Más bien alistaría gente de sus diversas secciones –como en las notas de la
sección 51– y así participaría probablemente en la revisión de los informes
antes de su publicación. El Consejo Nacional de Investigación es quien organiza
realmente la investigación, obviamente en colaboración con la NAS. Aquí tenemos
otro tentáculo de la militarización de la antropología y otras ciencias
sociales, del que tenemos un ejemplo familiar en el Sistemas de Territorio
Humano, que es tan pérfido como insidioso.
Price: ¿Hubo algún tipo de
diálogo entre los miembros de la Sección 51 de la NAS cuando se publicaron
estas convocatorias para estos nuevos proyectos financiados por el Instituto de
Investigación del Ejército ?
Sahlins:
No he tenido acceso a ningún tipo de correspondencia, si es que hubo alguna, lo
ignoro, ya sea entre los funcionarios de la Sección o entre los miembros.
Price: ¿qué reacciones ha
recibido de parte de otros miembros de la NAS, si es que ha habido
alguna ?
Sahlins:
Virtualmente ninguna. Alguien dijo que yo siempre he sido contrario a la
sociobiología.
Price: combinando temas que
impregnan las declaraciones de Chagnon sobre la naturaleza humana, y el apoyo
de la Academia Nacional de las Ciencias a la ciencia social al servicio de los
proyectos militares norteamericanos; ¿puede hablarnos del papel de la
ciencia y de las sociedades científicas en una cultura, como la nuestra, tan
centralmente dominada por la cultura militar?
Sahlins:
Hay uno o dos párrafos en mi panfleto sobre Las
ilusiones occidentales sobre la naturaleza humana, del que no tengo ahora
ninguna copia, que cita a Rumsfeld
respecto a que (parafraseando a
una frase del guión de la película Full
Metal Jacket) dentro de cada musulmán del Oriente Medio hay un
norteamericano en potencia, un americano amante de la libertad por su propio
interés y que no tenemos más que ayudarla a salir o sacar a la fuerza los
demonios que están imponiendo otras ideas en sus mentes (ver la pag. 42 de
Sahlins; Las ilusiones occidentales
sobre la naturaleza humana). ¿Acaso la política global norteamericana,
especialmente la política neo-con, no está basada en la confusión entre la
ambición capitalista y la naturaleza humana? No hay más que liberarla de
sus ideologías equivocadas e impuestas externamente. En cuanto a las
alternativas, ver el panfleto mencionado anteriormente sobre el parentesco
único y universal y el pequeño libro que publiqué el pasado mes: Qué es
parentesco – y qué no lo es.
Price: Usted menciona el
deseo de que las tendencias fundamentalmente militaristas se conviertan en
pacifistas. ¿Tiene alguna idea de que hacer para conseguirlo?
Sahlins:
no he pensado en ello, probablemente porque la idea de que la Academia Nacional
de las Ciencias pueda hacerlo es impensable actualmente.
Hay
una creciente respuesta internacional en apoyo de la posición de Sahlins.
Marshall recibió un mensaje, que
me mostró, del profesor Eduardo Viveiros de Castro, del Museo Nacional de Río
de Janeiro, en el que Castro escribía :
«Los escritos de Chagnon sobre los yanomami del
Amazonas han contribuido enormemente a reforzar los peores prejuicios contra
este pueblo indígena, que ciertamente no necesitan de este tipo de antropología
seudo-científica estereotipada que Chagnon ha decidido seguir a coste de ellos.
Los yanomami son cualquier cosa excepto los robots socio-biológicos, crueles y
desagradables que pinta Chagnon – que probablemente proyecta su percepción de
su propia sociedad (o personalidad) en los yanomami-. Hay indígenas que, contra
todo pronóstico, han conseguido sobrevivir de acuerdo con sus tradiciones en
una Amazonia cada vez más amenazada por la destrucción medioambiental y social.
Su cultura es original, robusta e inventiva ; su sociedad es infinitamente
menos «violenta» que las sociedades brasileña o norteamericana.
Prácticamente todos los antropólogos que han
trabajado con los yanomami, muchos de ellos con mucha más experiencia de campo
entre esta gente que Chagnon, encuentran objetables (por decirlo suavemente)
sus métodos de investigación y fantástica su caracterización etnográfica. La
elección de Chagnon no honra a la ciencia norteamericana ni a la antropología
como disciplina y, además, es de mal augurio para los yanomami. Por lo que a mí
respecta considero a Chagnon como un enemigo de los indios amazónicos. Tengo
que felicitar al profesor Sahlins por su valiente y firme posición en defensa
de los yanomami y de la ciencia antropológica».
No
nos queda más que preguntarnos que será de la ciencia, ya sea practicada con
una «C» mayúscula (a veces ciega) o con una variedad inquisitiva en
minúscula, si quienes cuestionan algunas de sus prácticas, errores de
aplicación y resultados son cada vez más marginalizados, mientras que aquellos
cuyos resultados se alinean con nuestros valores culturales guerreros, más
extendidos, son bienvenidos. Cuando la NAS toma partido por una figura tan divisiva como Chagnon y demoniza a sus
críticos pretendiendo que atacan no sus prácticas y teorías sino a la misma
ciencia, está dañando la credibilidad de estos científicos. Es lamentable que
la Academia Nacional de las Ciencias se haya puesto a sí misma en esta difícil
situación.
La
dinámica de este tipo de disensiones no se limita a este pequeño segmento de la
comunidad científica. En su ensayo de 1966 sobre «La destrucción de la conciencia en Vietnam»
Sahlins argumentaba que para poder continuar la guerra, EE UU tenía que
destruir su propia conciencia –que enfrentarse a quienes han sido destruidos
por nuestras acciones era demasiado duro para la nación, que era una forma de
mostrarse al desnudo, y escribía: «La conciencia debe
destruirse: tiene que terminar en la mira del rifle, no puede acompañar a
la bala. Así, toda la lógica a su alrededor desaparece en los antecedentes. Se
convierte en una guerra con un objetivo trascendente y en este tipo de guerra
todos los esfuerzos en el lado de Dios son virtuosos y todas las muertes son,
por desgracia, necesarias. El fin justifica los medios».
Estamos
ante una situación trágica cuando la buena gente con conciencia ve como única
alternativa la dimisión; pero, a veces, decisión de dimitir es la forma de
protesta más valiente.
Marshall
Sahlins, patriarca de la antropología en EE UU, profesor emérito de las Universidades de Columbia y
Michigan, realizó intensos estudios de campo en Melanesia y Polinesia,. En
los años 70, inspirándose y continuando la obra de Karl Polanyi, revolucionó la
concepción del neolítico con su Economía
de la Edad de Piedra (Akal, 1983). En los años 90, fue el principal crítico
de la sociobiología en Uso y Abuso de la
biología: crítica antropológica de la Sociobiología (Siglo XXI, 1990). David
H. Price es profesor de antropología en la Universidad de Sant Martin, en
Lacey, Washington. Es el autor de La
militarización de la antropología : la ciencia social al servicio del
Estado militarizado, publicado por Counter Punch Books. |
lunes, 23 de febrero de 2015
Reseña de "El capitalismo histórico" de Immanuel Wallerstein. Un lúcido y brillante análisis del Capitalismo
Luis Roca Jusmet
El capitalismo histórico, de Immanuel Wallerstein, Traducción de Pilar López Mañez, Madrid, S.XXI, 2012 |
Immanuel Wallerstein es un analista
clave para entender la sociedad en que vivimos. Lo es desde la perspectiva
rigurosa, clara y crítica de un científico social que niega la división de las
dos culturas, la científica y la humanística. Y que plantea una concepción
integrada de todas las ciencias sociales: lo que él llama la sociología
histórica. Esta sociología no sólo no está separada de la historia sino que
además rompe las barreras entre la antropología, la sociología, la economía y
la política. Porque esta división lo que marca una concepción del saber que se
corresponde con el tipo de sociedad que emerge a partir del siglo XV y que ya
está globalizada el siglo XIX. Esta sociedad es lo que Wallerstein llama un
Sistema-Mundo. Con este término se refiere a un tipo de sociedad que tiende a
la máxima expansión, a un dominio global. Hasta ahora estos sistemas eran los
Imperios, que estaban basados en un poder político absoluto. Pero el
Sistema-Mundo moderno es una Economía-Mundo. Esto quiere decir que su dominio
no es político sino económico. Este dominio económico es impersonal, es la
lógica que rige el funcionamiento del sistema, que es el de la acumulación de
capital. Todo se ha ido ordenando alrededor de esta finalidad, que es
totalmente irracional.
En contra de otros planteamientos,
Wallerstein no cree que lo esencial del capitalismo sea su naturaleza de
economía de mercado. En este sentido sigue la línea del historiador Fernand
Braudel y el economista Karl Polanyi al considerar que el capitalismo es, en
cierta forma, una economía anti-mercado. Lo es en la medida en que la lógica
del sistema tiende al oligopolio o al monopolio y no a la libre competencia.
Aunque lo que sí es cierto es que esta acumulación de capital la realiza a
partir de una mercantilización progresiva de todos los elementos sociales. Otra
cosa es lo que dice el liberalismo, que es una ideología que oculta más que
muestra el funcionamiento real del capitalismo. Aquí es fundamental entender el
papel del Estado, pieza fundamental para garantizar este mecanismo. El Estado
es ambivalente. Aunque pueda recoger los frutos de los movimientos
reivindicativos (a los que él llama antisistémicos) y ser así un elemento de
redistribución de los recursos, no hay que olvidar su papel fundamental. El Estado
crea las infraestructuras (de comunicación, de información, de energía..), las
fronteras y la legalidad que necesita el capitalismo. Tiene además el monopolio
de la violencia, que le permite garantizar el orden interno centrado en la
propiedad privada (policía) como la competencia por los mercados (ejército) .
Pero también se dedica a socializar las pérdidas de los oligopolios y los
monopolios a través de subvenciones, los beneficios fiscales o simplemente
inyectandoles el dinero que necesitan para seguir acumulando capital. Hoy más
que nunca me parece que es evidente esta última afirmación. Otro elemento
fundamental en el planteamiento de este gran sociólogo es la división entre
países centrales y países periféricos. No se trata de algo contingente o
accidental sino de algo sustancial. Hay un intercambio desigual que hace que
las clases trabajadores de los países centrales recojan una parte del beneficio
del excedente de esta relación de dominio de unos países sobre otros. Aunque
aquí hay que decir que no es justo atribuir a Wallerstein la sustitución de la
lucha de clases por la lucha entre países. Son dos aspectos del sistema que hay
que entender de manera entrelazada como manifestaciones de la lucha de clases.
La realidad es compleja, aunque sea más fácil verla de manera simplificada.
En este denso resumen que Immanuel
Wallerstein hace en este libro de sus propias teorías hay otros aspectos que
vale la pena remarcar. En primer lugar su noción de estructura dinámica,
de crisis y de bifurcación. Estos conceptos los extrae de un
científico que es Ilya Prigogine. Como él mismo este Premio Nobel de Química
quiso trazar un puente entre las ciencias naturales y las sociales. Una
estructura dinámica es un sistema ordenado de una determinada manera. Cada estructura
tiene un inicio, una desarrollo, una crisis y dos salidas posibles. Aplicado a
la sociedad humana la historia es la transformación de estructuras (larga
duración) o lo que ocurre en cada estructura (corta duración). En este proceso
no se contempla la idea de revolución porque un sistema se acaba por sus
propias contradicciones internas y es en este momento cuando la acción humana
decide cual será la salida. El capitalismo no fue resultado de una revolución
burguesa, que según Wallerstein nunca existió, sino de una salida favorable a
los grupos más poderosos del feudalismo, que se transformaron en la nueva
burguesía. Otra opción hubiera sido la formación de comunidades más
igualitarias de pequeños propietarios. El capitalismo llegará pronto a su fin porque
es incapaz de resolver sus contradicciones internas. Será la lucha entre las
élites económicas y los movimientos antisistémicos la que decidirá lo que
vendrá después, que puede ser mejor o peor en función de quien gane la lucha.
Sí se le puede criticar a Wallerstein la poca precisión de este término, por lo
menos tal como aparece en el libro al situar en un mismo plano el nacionalismo
y el socialismo (que por otra parte tiene un contenido muy poco matizado).
Desde el punto de vista ideológico el
capitalismo es paradójico porque vive la tensión entre el universalismo y el
particularismo. Su universalismo es el del mercado y el de la ciencia. Su
particularismo es el del nacionalismo, el racismo y el sexismo. Wallerstein es
contundente: el racismo es un invento del capitalismo para justificar las
desigualdades económicas. Antes del capitalismo existió xenofobia, no racismo.
Respecto al sexismo también sostiene que nunca fue tan claro como con el
capitalismo, donde se convierte a la mujer en un ser improductivo y se forma
una familia nuclear patriarcal. Aquí, evidentemente, habría mucho que discutir
porque en lo que respecta al sexismo lo cierto es que el capitalismo ha
sobrevivido a la crisis del patriarcado en los países centrales. Respecto al
racismo habría aquí toda una reflexión sobre si hay un racismo cultural que es
herencia del racismo genético.
Wallerstein no es marxista. Respeta a
Marx pero considera que tuvo sus aciertos y sus errores, como podemos comprobar
por los comentarios anteriores. Pero quizás la diferencia básica es que para
Wallerstein el capitalismo no tuvo un carácter progresivo. Es un sistema
totalmente irracional, sin ninguna función histórica y que ha empobrecido a la
mayor parte de los habitantes del planeta, que viven peor que antes. Tampoco es
comunista, ya que para él el llamado socialismo real no fue nunca una
alternativa a la
Economía-Mundo capitalista. Esta es una de las
contradicciones de los movimientos antisistémicos: al tomar el poder del
Estado se acaba convirtiendo en una pieza más dentro del sistema global. Esta
afirmación es, sin duda, un escándalo para muchos sectores de la izquierda.
Quizás esta reseña sea un resumen del
propio resumen que es en sí mismo el libro, sobre todo de su monumental estudio
El moderno sistema mundial. Pero no puedo evitar dar a conocer en estas
líneas la teoría del quizás más importante analista crítico del capitalismo en
el momento actual. Nacido en Nueva York en 1930 Immanuel Wallernstein completa
su inmenso trabajo teórico ( con una indudable base empírica) con artículos y
entrevistas sobre el momento presente. Comprometido en una posición claramente
de izquierdas nos proporciona un material que es, bajo mi punto de vista,
imprescindible para cualquiera que quiera entender lo que estamos viviendo hoy
a nivel mundial. No es desde lo más simple como vamos entendiendo lo más
complejo (los ilusorios “hechos” del positivismo) sino construyendo un marco
global dinámico como podemos ir situando y entendiendo lo más concreto.
domingo, 22 de febrero de 2015
El pensamiento de Karl Marx
El análisis de la sociedad y su profundo sentido humano llevó a Karl Marx durante el siglo XIX a plantear un nuevo sistema económico de producción en el que las riquezas y los bienes sociales pertenecerían a la clase trabajadora y no a un determinado grupo como sucede en el Capitalismo. Esta corriente de pensamiento fue asumida por los intelectuales y la clase trabajadora que impulsó la Revolución Bolchevique en octubre de 1917 en Rusia. A este proceso los filósofos lo consideran un ensayo..
lunes, 9 de febrero de 2015
Movimientos sociales, toma del poder y transformación del Estado
Miguel Ángel Adame Cerón
Dr. en Antropología,
Profesor-Investigador de la Escuela Nacional
de Antropología e Historia.
(ENAH-INAH)
adameguel@yahoo.com.mx
Fragmento del libro Movimientos
sociales, políticos, populares y culturales. La disputa por la democracia y el
poder en el México neoliberal (1982-2013), Itaca, México, 2013, 157 p. que se
presentó en la XXXVI Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, el
domingo 22 de febrero de 2015.
Varios de los analistas e investigadores de
las protestas, las movilizaciones, las resistencias, las luchas, los conflictos,
las sublevaciones y los movimientos sociopolíticos y culturales de los últimos
30 años, han venido discutiendo la cuestión del sentido, la orientación y los
objetivos implícitos y explícitos de dichas acciones colectivas. ¿En última
instancia hacia dónde conducen (o hacia dónde conducir las luchas) y/o hacia
dónde se dirigen (o hacia dónde dirigir sus propósitos) a mediano y largo
plazos? Una de las tendencias influyentes respecto a dicha cuestión ha sido la
de plantear que los nuevos movimientos han rechazado la necesidad de tomar del
poder, se han alejado o distanciado de la famosa estrategia simplificada por
Wallerstein (2008) como de dos pasos: tomar el poder y luego desde allí llevar
las transformaciones políticas y socioeconómicas para construir una sociedad
diferente u otro mundo (p. 142).
Esto es, ya no se trata de enfocar y concentrar
las fuerzas y los objetivos en la toma del poder estatal y luego implementar
los cambios. Pero esta estrategia que se desarrolló durante el siglo XX, dicen
varios analistas, fracasó estrepitosamente, por tanto ya no es opción para las
luchas antisistémicas de hoy. E. Wallertsein señala: “Una vez que la etapa uno
estaba completada, y ellos habían llegado al poder, sus seguidores esperaban
que cumplieran la promesa de la etapa dos:
‘transformar el mundo’. Y lo que descubrieron, si es que no lo sabían ya, fue
que el poder estatal era más limitado de lo que habían pensado” (p. 145). Es
más –abundan los críticos de esta supuesta “estrategia revolucionaria”, como
Jorge Alonso (2013)– las “revoluciones anteriores evidencian que han sido
realizadas por los de abajo, pero que han sido usurpadas por los nuevos de
arriba, por la verticalidad imperante en esos cambios, lo cual convirtió a
estos últimos en un nuevo poder opresor. En cambio, la perspectiva de los de
abajo que se oponen al margen [¡sic!] del capital y del Estado es la de
proporcionar de manera paulatina una convergencia horizontal, que a largo plazo
mediante nuevas formas de hacer política construya autónomamente una
convivencia horizontal” (pp. 115-116).
Y más concretamente: la revolución socialista
(y la revolución de liberación nacional agregaría Wallerstein), como
planteamiento teórico-práctico predominante del siglo XX, intentó la toma
masiva y armada del poder para intentar desde ahí, producir cambios sociales
estructurales que condujeran a un nuevo modo de producción, “pero fracasó pese
a que insistía en que era indispensable recorrer un largo tramo de transición”
(Alonso 2013, ídem).
Ninguna de esas
revoluciones que se llamaron socialistas creó un nuevo modo de producción. Los
modos de producción estatuidos “no implicaron rupturas totales, sino que se
asemejaron a cambios evolutivos” (Alonso, ídem);
específicamente cambios unilineales. Por lo que Jorge Alonso (2013), siguiendo
a John Holloway señala que para los
cambios no hay una línea prefijada y determinista sino que existe la
multilinealidad que depende de la participación de los sujetos (p. 124). En
efecto, no hay teleología determinista ni menos fatalista, sino un telos que brota de la participación, del
nivel de conciencia y organización, de las necesidades y de las
capacidades histórico-concretas de los
sujetos.
Lo planteado por los intelectuales de
izquierda que están desencantados de las revoluciones “socialistas” fracasadas,
traicionadas, simuladas, defraudadas, etc., de que existe una imposibilidad
constatada históricamente (principalmente durante el siglo XX) de triunfo
democrático y auténtico con la estrategia de la conquista o toma del poder del
Estado capitalista, tampoco es cierta o tan cierta. Pues si bien es evidente,
que no ha habido hasta ahora una revolución socialista-comunista que haya
cumplido completamente la trasformación radical del modo de producción
capitalista, sí ha habido ejemplos históricos no sólo durante el siglo XX, sino
también durante el XIX, de revoluciones de corte socialista que han sido
inicialmente exitosas en la estrategia de apoderamiento del poder central
capitalista y de la implementación de un conjunto de medidas radicalmente
democráticas. Esto lo señala adecuadamente el historiador y economista Carlos Aguirre
Rojas (2012:169-194 y 2013: 131-160), refiriéndose a la Comuna de París de 1871, a la Revolución
Rusa de los Soviets de 1917, la República de los Consejos de Hungría y a las
experiencias de los Consejos obreros alemanes, italianos y a la Revolución Cultural
China.
En estas experiencias revolucionarias y de control político sustancial
(aunque más o menos breve en términos temporales debido a su posterior
represión o deformación bajo condiciones de hostigamiento militar y económico
de las burguesías nacionales e internacionales) por parte de esas instancias
populares democráticas como las comunas, soviets, consejos y comités; se
establecieron medidas radicales de ejercicio de poder popular que abonaron
históricamente a la posibilidad real de concretarlas, continuarlas y
ampliarlas. Nos referimos específicamente a las más básicas: la toma de
decisiones colectivas, la gestión y administración colectiva de las
funciones, la elegibilidad,
revocabilidad, rendición de cuentas, rotación y responsabilidad (en todos los
momentos) de los representantes y/o delegados, vasos comunicantes abiertos y
fluidos entre las instancias de toma y ejecución de decisiones; es decir, en la
toma de poder central se ejerció ampliamente la democracia directa,
participativa y amplificada en los diferentes órdenes y niveles del
autogobierno popular.
Pero vamos por partes, respecto a las
contundentes afirmaciones de Jorge Alonso hay que cuestionar varios aspectos,
¿a qué se refiere con los de abajo?, ¿quiénes son los nuevos de arriba que
usurpan la revolución?, ¿se trata de los mismos sujetos o de otros?, ¿cuáles
son las condiciones socioeconómicas, políticas, militares, geoestratégicas,
demográficas, internacionales, etc., que hacen posible la usurpación? ¿sólo la
verticalidad los convirtió en nuevos opresores?, ¿por qué dice que no se
lograron rupturas totales sino cambios evolucionistas unilineales?, ¿la
convergencia horizontal, la horizontalidad convivencial, la autonomía y ponerse
al margen del capital y del Estado (suponiendo que esto último realmente se
pudiera hacer en el capitalismo salvaje y globalizado actual) son ingredientes
suficientes para agrietar el sistema capitalista y crear otro modo de
producción?. Y para cerrar nuestras interrogaciones: ¿esta estrategia de
cambiar el mundo, agrietarlo o fisurarlo desde abajo sin el apoderamiento del
Estado-gobierno –podríamos preguntar devolviendo el cuestionamiento del
investigador Jorge Alonso y al teórico J. Holloway– dónde y cuándo ha triunfado en la instalación
de una sociedad poscapitalista o un modo de producción diferente al del
capitalismo?
Bien, nos parece que la llamada estrategia de
dos pasos, es una caricatura política de los procesos revolucionarios, y que
como el mismo E. Wallerstein dice, las condiciones, contextos, situaciones y
procesos histórico-concretos son mucho más complejos y han intervenido e
intervienen factores diversos y múltiples: intranacionales, nacionales
generales e internacionales; tales como: guerras, sitiamientos, crisis,
relaciones interestatales, escaseces, falta de unidad, traiciones, rupturas,
abusos, saqueos, recomposiciones sociopolíticas, crisis económicas,
intervencionismos, autoritarismos, resistencias, dinamismo social,
asambleísmos, frentes y convergencias, festividades, creatividad popular y
social, etc., etc.
El “asalto al cielo” es un gran y dialéctico complejo
desafío, y hoy día bajo las paradójicas condiciones del dominio subordinante y
decadente del capital mundial, desarrollar y efectivizar un proceso
revolucionario nacional e internacional es un desafío titánico. Quizá sea
históricamente el máximo y contradictorio desafío
consciente en que se ha encontrado el género humano y las sociedades
concretas contemporáneas: tan cerca de terminar con la prehistoria humana (es
decir terminar con las desigualdades, limitaciones e injusticas de las sociedades escasas y
clasistas), pero tan difícil de realizar mediante las revoluciones necesarias,
suficientes y definitivas (y la revolución socialista-comunista total) para
terminar con el capitalismo y superarlo con gobiernos auténticamente populares
que lleven a sociedades a terminar con la lucha de clases y las clases mismas
(las desigualdades, la explotación del humano por el humano, las opresiones,
las discriminaciones, la propiedad privada, las inequidades y miserias, etc.);
que conduzcan firmemente hacia sociedades
emancipadas, ricas en fuerzas productivas y relaciones interhumanas de
calidad, sociedades de libres asociaciones de colectivos e individuos, etc.,
etc.
Las revoluciones, en efecto, no se
circunscriben a la toma del poder, y específicamente la revoluciones
socialistas del porvenir tienen que basarse en
procesos y experiencias efectivas y amplias de autogestión en todos los
planos y niveles de la vida productiva y
reproductiva, a nivel micro, meso y macro;
antes, durante y después de las tomas de poder. Se trata de desarrollar
y crear revoluciones integrales o totales. Pero los fracasos del pasado no
tienen que negarnos o cancelarnos –para nada, sino por el contrario enseñarnos-
la posibilidad objetiva-subjetiva de realizar revoluciones exitosas y
permanentes: ¡que cumplan verdaderamente
el objetivo magno de desaparición y
superación positiva de sociedades enajenadas y desarrollen la plenitud humana
en todas sus dimensiones! Pero algo fundamental para el arranque de dichas
revoluciones es que necesaria y obligadamente tienen que pasar de una u otra
manera por la toma del poder estatal, puesto que dicho poder tiene que ser
apropiado por las masas trabajadoras y populares y luego transformado
radicalmente hasta disolverlo a mediano plazo. ¿Por qué?, porque el Estado y
sus regímenes y formas de gobierno estatales son el resultado histórico de la
división social del trabajo, de la formación de las clases y sectores sociales
divididos y su confrontación y guerra en múltiples planos. El Estado encarna e
instrumentaliza a nivel supraestructural y estructural el poder de las clases y
sectores dominantes, y concentra y centraliza sus dispositivos que garantizan
(no sin contradicciones entre ellas mismas y con los dominados) su poder
hegemónico, su reproducción, su violencia, su opresión y su control; ya que
desde el Estado clasista centralizan y monopolizan burocrática y parasitariamente fuerzas y
capacidades creadas y practicadas por el conjunto de la sociedad.
El Estado es,
pues, una maquinaria regulativa y amortiguadora compleja a nivel político,
jurídico, ideológico, simbólico y también económico que está controlada,
subsumida y funciona a favor de los
intereses económicos, militares, judiciales, legislativos, fiscales,
comunicativos, educativos, científicos, tecnológicos, médicos, artísticos, de
vigilancia, de formación familiar y de reproducción cotidiana de las clases y
sectores hegemónicos y dominantes, que reprimen y aplastan en general las
iniciativas, la creatividad y la vitalidad de la inmensa mayoría de la
población (que pertenece a las clases, sectores y grupos dominados y
subalternos populares). Específicamente, en el caso del Estado capitalista
moderno que nos incumbe, velan primordialmente por los intereses y el hambre de
despojo acumulativo plusvalórico de los sectores capitalistas imperialistas y
de vanguardia; aunque, en lo global, velan por la reproducción simple y
ampliada de todo el sistema capitalista mundial y sus expresiones geopolíticas
macroregionales y nacionales, tratando de incidir en el amortiguamiento de sus crisis y sus excesos sobreproductivos; y buscando
paliar la tendencia decreciente de la tasa de ganancia intrínseca a este modo
de producción.
Eso no quiere decir que como parte de la guerra de clases no se
puedan crear espacios, órganos, movimientos, redes, relaciones antisistémicas y
de convivencia real y experimental autogestivas y autónomas; pues de eso se
trata también en la lucha revolucionaria: de crear, inventar
y recuperar formas y laboratorios experienciales comunitarios
autogestivos (como las comunas radicales juveniles de los 60 a la actualidad[1], o
como los caracoles y municipios autónomos neozapatistas en Chiapas) que mellen
las relaciones privadas, mercantilizadas, autoritarias, atomizadas y egoístas
capitalistas y que potencien la perspectiva y la vida alternativa
anticapitalista y procomunista: enriqueciendo la cultura política
antisistémica, vivenciando, intercambiando experiencias-saberes[2] y
prefigurando en los hechos el nuevo modo de producción y reproducción
socialista-comunista. Empero por más que puedan extenderse y conectarse esos tejidos alternativos bajo
condiciones harto complicadas y a contracorriente (insertadas y acosadas
constantemente y siempre por todas partes por el plusvalor, la mercancía, el
capital, la propiedad privada, el mercado y el capitalismo avasallador), y ello
pueda más o menos crear algunas islas, áreas, grietas y/o fisuras
revitalizadoras (tal vez donde participen decenas de movimientos antisistémicos
y anticapitalistas y donde están activos
la autogestión y el autogobierno de miles de personas), mientras millones y
millones de personas ubicadas en cientos de pueblos y naciones sigan en la
enajenación, en la opresión, en la exclusión, en la subsunción y en el
consumismo capitalista, no se podrá terminar real y definitivamente con el
sistema[3].
Sin la participación del sujeto histórico (diverso pero unificado) en el
apoderamiento del monstruo-Estado (K. Marx: “Primer esbozo de la guerra civil
en Francia”, 1978) para con determinación y sostenimiento de clase y de pueblo
comenzar a darle un vuelco transformador; todo bajo su poder y sus intereses
clasistas, liberadores, anticapitalistas y antisistémicos, intereses que son
los de la inmensa mayoría de las poblaciones en todos los países del mundo; no
habrá verdadera y permanente liberación humana (individual, de colectivo y de
género). En efecto, hoy aproximadamente somos más del 95% de la población
mundial no propietaria, frente a un 4% de las clases y sectores propietarios y
un 1% de una minoría burguesa extraordinariamente privilegiada que
superelitistamente toma decisiones en torno a los rumbos que debe seguir el
sistema capitalista a su favor a través del control férreo y gansteril
–espionaje, criminalizaciones, amenazas, represiones, guerras, torturas, intervenciones,
etc.– de gobiernos, de organismos mundiales (ONU, FMI, Banco Mundial, OCDE,
G-10, G-5, COP, etc.), ejércitos poderosos y tecnologías constantemente
renovadas y cada vez más nocivas para el planeta y la humanidad como tal. Así
pues, insisto, sin dicho apoderamiento no hay posibilidad de asegurar,
respaldar y tener las palancas para romper el poder burgués y sus instancias,
agencias, aparatos, dispositivos y mercados, tanto en el plano político como en
el socioeconómico y cultural.
Esto tenemos que entenderlo con claridad
meridiana pues las limitaciones (aunque de buena voluntad, pero finalmente
ingenuas y parciales) de “cambiar el mundo sin tomar el poder” o de
“revolucionar desde abajo el poder” sin generar la condiciones y luego
efectivamente empoderase masiva, contundente y consistentemente conquistando la
maquinaria central y determinante en la reproducción y permanencia del sistema;
son eso, se quedan en eso: limitaciones del pensamiento y de la praxis
revolucionarias que –de una u otra forma– contribuyen peligrosamente (o cuasi
apocalípticamente dada la situación gravísima y cuasi-cataclísmica en que tiene
a la humanidad y al planeta el capitalismo salvaje, expoliador y depredador) a
aplazar las revoluciones nacionales, macroregionales y la revolución mundial
global que son urgentes, pero que desgraciadamente han tardado en desarrollarse
y avanzar en este básico “asalto” popular al poder. Entendiendo que son
inmensas las tareas organizativas, coordinativas, concentradoras y
desconcentradoras, etc., que hay consolidar; y que son gigantescos y
numerosísimos los obstáculos que existen en las telarañas y relaciones
capitalistas que hay que combatir y superar.
El apoderamiento revolucionario del Estado y
sus regímenes y gobiernos para transitar racional y humanamente hacia una
sociedad socialista-comunista es eje esencial, es una condición sine quan non, que dependiendo de las
condiciones y la participación directa, consciente, decidida y democrática de
las masas, en cada país y en varios y muchos países de manera intervinculada,
cooperativa y coordinada, será más o menos violenta y dramática: entre mayor y
mejor participación activa masiva, más pacífico, racional y tranquilo será ese
apoderamiento del poder político nacional e internacional. El concepto
científico dialéctico de dictadura del proletariado (que se mantiene en el
poder y lo ejerce democráticamente como clases y sectores populares) implica
una aparente paradoja, pues contra la dictadura de una minoría
superprivilegiada de explotadores, saqueadores y opresores, se impone una
dictadura revolucionaria o poder político revolucionario de la inmensa mayoría
de trabajadores explotados, oprimidos y marginados. Dictadura necesaria, para
en primer lugar combatir la resistencia furiosa de los capitalistas; en segundo
lugar para descabezar los cuerpos represivos del monopolio de la violencia y
reemplazarlos por cuerpos formados por trabajadores y gente del pueblo; en
tercer lugar para sustituir a todos los funcionarios-burócratas de los órganos
y agencias estatales por gente del pueblo (que rinda cuentas, que sean
elegibles, responsables, revocables, etc.); en cuarto lugar para llevar a cabo
las expropiaciones de las riquezas nacionales; en quinto lugar para efectuar las
medidas para colectivizar todos los medios de producción y fuerzas productivas
tecnológicas arrancados a los burgueses; en sexto lugar para decretar las
medidas de apropiación de las instancias fundamentales del poder político,
social, jurídico, judicial, comunicativo, educativo, salutífero y
artístico-cultural-patrimonial[4].
Obviamente que con en estas acciones-dictados
se destruirá la cabeza y los brazos del monstruo-Estado, pero –como los
guajolotes cuando se decapitan– hay que dejarlo vivir sus estertores e irle
arrancando de la supeditación de los capitalistas todos los aparatos, dispositivos y
estructuras por medio de los cuales los capitalistas controlaban y regulaban su
poder hegemónico y dominante; subordinándolos y subsumiéndolos al poder de las
comunidades, comunas, consejos, comités de base, asambleas, etc.; poder directo
y representacional, poder autogestivo y coordinado; poder democrático y
consensuado, poder mayoritario y diversificado; poder igualitario y desigual;
poder recuperado y revitalizado por el conjunto
de los miembros de los pueblos;
en suma: poder de los de abajo y poder popular.
La dictadura del proletariado –si garantiza
la democracia participativa y directa inmensamente mayoritaria–, no es/no tiene
que ser/no será, pues, una dictadura unilateral y antidemocrática sino una
dictadura que tiene que dictar (decretar) y llevar a cabo dictados (decretos)
que lleven a corto, mediano y largo aliento a la liberación humana a través de
o mediando provisoria y transitoriamente un Estado o nueva modalidad de Estado.
Que como dijo Federico Engels –y hemos visto arriba– tiene que ser modificado a
fondo antes que pueda cumplir sus nuevas funciones. Pero no puede ser destruido
completamente en lo inmediato, como han propuesto las corrientes anarquistas[5],
pues hacerlo así en el momento inicial: significaría: “destruir el único
instrumento con cuya ayuda el proletariado victorioso puede utilizar el poder
recién conquistado, aplastar a sus enemigos y llevar a cabo la revolución económica
de la sociedad” (1978, p. 36).
Dicho de otra manera es un Estado que se
convierte inmediatamente –sin dejar de ser totalmente un Estado– en un no
Estado, anti-Estado o contraEstado que inaugura “la reasunción del poder
estatal por la sociedad”. Pero dicha dictadura, y sus dictados democráticamente
generados y efectivizados, es transitoria o es la forma transicional que se
extinguirá como tal; y en ese sentido, extinguirá y mandará a los museos de la
historia (junto otras reliquias de la prehistoria humana como la industria
lítica, la rueca, los telares de vapor, la familia, la propiedad privada, etc.)
al Estado mismo y bajo esa dinámica transformadora conducirá hacia la abolición
a mediano-largo plazos de todas las clases, de todas las jerarquizaciones, las
estratificaciones, las opresiones, las discriminaciones y las
enajenaciones-reificaciones de las sociedades humanas habidas hasta entonces.
____________________________________________________
ADAME Miguel Ángel (2005). “Comunas
contraculturales: ¿Antifamilias o nuevas familias?, en Revista Casa del Tiempo. UAM, febrero. En
http://www.difusioncultural.uam.mx/revista/feb2005/adame.html
ALONSO Jorge (2013). Repensar los movimientos sociales. CIESAS, Casa Chata, México.
AGUIRRE Carlos Antonio (2012). Movimientos antisistémicos, pensar lo
antisitémico a inicios del siglo XXI. Protohistoria. Rosario.
ENGELS Friedrich (1978). “Principios de
comunismo”, en C. Marx y F Engels, Obras
completas, tomo 4, progreso, Moscú, pp. 355-360.
MARX Karl (1978). “Primer esbozo de la guerra
civil en Francia”,en C. Marx y F Engels, Obras
completas, Progreso, Moscú, pp.250-321.
WALLERSTEIN Immanuel (2008). Historia y dilemas de los movimientos
antisistémicos. Contrahistorias, México.
ZIBECHI (2013). “Sobre la forma superior de
lucha”, en La Jornada, 27 de
diciembre, p. 26.
[1] Véase Migue Ángel Adame C. (2005: 64-73).
[2]Raúl Zibechi señala al respecto que:
“Siento que hay múltiples diálogos entre todas estas experiencias [de los
nuevos movimientos y organizaciones sociales latinoamericanos de los últimos 20
años] no al estilo de encuentros formales y estructurados, sino intercambios
directos entre militantes, capilares no controlados, sino el tipo de trueques
de saberes y experiencias que necesitamos para potenciar el combate al
sistema” (2013: 26).
[3] Real e idealmente: mientras no se haya
emancipado el conjunto de la humanidad no existirá un solo humano libre;
mientras haya un solo ser humano miserable y/o oprimido, no seremos
verdaderamente felices.
[4] F. Engels en uno de sus escritos planteó
que la revolución tendrá que crear la dominación política del proletariado, o
sea el régimen político democrático, que utilizará inmediatamente como medio
para llevar a cabo amplias medidas [instrucciones, decretos, implementaciones,
operaciones, expropiaciones, puestas en marcha, etc.] que tendrán que atentar
directamente contra la propiedad privada como las siguientes: expropiaciones
con pago o sin pago a los propietarios de fábricas, buques, ferrocarriles,
talleres, etc.; confiscación de otros bienes; organización del trabajo y
ocupación de los trabajadores y masas populares urbanas y rurales de fábricas,
fincas y centros de trabajo; aumento de estos; trabajo obligatorio y formación
de ejércitos de trabajadores en las industrias; cultivo de todas las tierras;
educación para todos y todas en escuelas públicas en todos los niveles;
construcción de viviendas y destrucción de las insalubres y mal construidas;
concentración y organización del transporte, etcétera (“Principios de
comunismo”, 1978).
[5]Ese aspecto ha sido un eje constante de
discusión entre corrientes (pro)
anarquistas y marxistas; sin embargo extraña que Carlos A. Aguirre que al
parecer se reivindica marxista, insista que se trata desde el comienzo de la
conquista del poder, de la destrucción completa
del Estado, no sólo de la destrucción del poder central o dominante burocrático-militar del Estado-gobierno
burgués.
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