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lunes, 9 de febrero de 2015

Movimientos sociales, toma del poder y transformación del Estado





Miguel Ángel Adame Cerón

Dr. en Antropología, Profesor-Investigador de la Escuela Nacional 

de Antropología e Historia. (ENAH-INAH)

adameguel@yahoo.com.mx
 


Fragmento del libro Movimientos sociales, políticos, populares y culturales. La disputa por la democracia y el poder en el México neoliberal (1982-2013), Itaca, México, 2013, 157 p. que se presentó en la XXXVI Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, el domingo 22 de febrero de 2015.


Varios de los analistas e investigadores de las protestas, las movilizaciones, las resistencias, las luchas, los conflictos, las sublevaciones y los movimientos sociopolíticos y culturales de los últimos 30 años, han venido discutiendo la cuestión del sentido, la orientación y los objetivos implícitos y explícitos de dichas acciones colectivas. ¿En última instancia hacia dónde conducen (o hacia dónde conducir las luchas) y/o hacia dónde se dirigen (o hacia dónde dirigir sus propósitos) a mediano y largo plazos? Una de las tendencias influyentes respecto a dicha cuestión ha sido la de plantear que los nuevos movimientos han rechazado la necesidad de tomar del poder, se han alejado o distanciado de la famosa estrategia simplificada por Wallerstein (2008) como de dos pasos: tomar el poder y luego desde allí llevar las transformaciones políticas y socioeconómicas para construir una sociedad diferente u otro mundo (p. 142). 

Esto es, ya no se trata de enfocar y concentrar las fuerzas y los objetivos en la toma del poder estatal y luego implementar los cambios. Pero esta estrategia que se desarrolló durante el siglo XX, dicen varios analistas, fracasó estrepitosamente, por tanto ya no es opción para las luchas antisistémicas de hoy. E. Wallertsein señala: “Una vez que la etapa uno estaba completada, y ellos habían llegado al poder, sus seguidores esperaban que cumplieran la promesa de la etapa dos: ‘transformar el mundo’. Y lo que descubrieron, si es que no lo sabían ya, fue que el poder estatal era más limitado de lo que habían pensado” (p. 145). Es más –abundan los críticos de esta supuesta “estrategia revolucionaria”, como Jorge Alonso (2013)– las “revoluciones anteriores evidencian que han sido realizadas por los de abajo, pero que han sido usurpadas por los nuevos de arriba, por la verticalidad imperante en esos cambios, lo cual convirtió a estos últimos en un nuevo poder opresor. En cambio, la perspectiva de los de abajo que se oponen al margen [¡sic!] del capital y del Estado es la de proporcionar de manera paulatina una convergencia horizontal, que a largo plazo mediante nuevas formas de hacer política construya autónomamente una convivencia horizontal” (pp. 115-116). 

Y más concretamente: la revolución socialista (y la revolución de liberación nacional agregaría Wallerstein), como planteamiento teórico-práctico predominante del siglo XX, intentó la toma masiva y armada del poder para intentar desde ahí, producir cambios sociales estructurales que condujeran a un nuevo modo de producción, “pero fracasó pese a que insistía en que era indispensable recorrer un largo tramo de transición” (Alonso 2013, ídem). 

Ninguna de esas revoluciones que se llamaron socialistas creó un nuevo modo de producción. Los modos de producción estatuidos “no implicaron rupturas totales, sino que se asemejaron a cambios evolutivos” (Alonso, ídem); específicamente cambios unilineales. Por lo que Jorge Alonso (2013), siguiendo a John Holloway  señala que para los cambios no hay una línea prefijada y determinista sino que existe la multilinealidad que depende de la participación de los sujetos (p. 124). En efecto, no hay teleología determinista ni menos fatalista, sino un telos que brota de la participación, del nivel de conciencia y organización, de las necesidades y de las capacidades  histórico-concretas de los sujetos.

Lo planteado por los intelectuales de izquierda que están desencantados de las revoluciones “socialistas” fracasadas, traicionadas, simuladas, defraudadas, etc., de que existe una imposibilidad constatada históricamente (principalmente durante el siglo XX) de triunfo democrático y auténtico con la estrategia de la conquista o toma del poder del Estado capitalista, tampoco es cierta o tan cierta. Pues si bien es evidente, que no ha habido hasta ahora una revolución socialista-comunista que haya cumplido completamente la trasformación radical del modo de producción capitalista, sí ha habido ejemplos históricos no sólo durante el siglo XX, sino también durante el XIX, de revoluciones de corte socialista que han sido inicialmente exitosas en la estrategia de apoderamiento del poder central capitalista y de la implementación de un conjunto de medidas radicalmente democráticas. Esto lo señala adecuadamente el historiador y economista Carlos Aguirre Rojas (2012:169-194 y 2013: 131-160), refiriéndose  a la Comuna de París de 1871, a la Revolución Rusa de los Soviets de 1917, la República de los Consejos de Hungría y a las experiencias de los Consejos obreros alemanes, italianos y a la Revolución Cultural China. 

En estas experiencias revolucionarias y de control político sustancial (aunque más o menos breve en términos temporales debido a su posterior represión o deformación bajo condiciones de hostigamiento militar y económico de las burguesías nacionales e internacionales) por parte de esas instancias populares democráticas como las comunas, soviets, consejos y comités; se establecieron medidas radicales de ejercicio de poder popular que abonaron históricamente a la posibilidad real de concretarlas, continuarlas y ampliarlas. Nos referimos específicamente a las más básicas: la toma de decisiones colectivas, la gestión y administración colectiva de las funciones,  la elegibilidad, revocabilidad, rendición de cuentas, rotación y responsabilidad (en todos los momentos) de los representantes y/o delegados, vasos comunicantes abiertos y fluidos entre las instancias de toma y ejecución de decisiones; es decir, en la toma de poder central se ejerció ampliamente la democracia directa, participativa y amplificada en los diferentes órdenes y niveles del autogobierno popular.

Pero vamos por partes, respecto a las contundentes afirmaciones de Jorge Alonso hay que cuestionar varios aspectos, ¿a qué se refiere con los de abajo?, ¿quiénes son los nuevos de arriba que usurpan la revolución?, ¿se trata de los mismos sujetos o de otros?, ¿cuáles son las condiciones socioeconómicas, políticas, militares, geoestratégicas, demográficas, internacionales, etc., que hacen posible la usurpación? ¿sólo la verticalidad los convirtió en nuevos opresores?, ¿por qué dice que no se lograron rupturas totales sino cambios evolucionistas unilineales?, ¿la convergencia horizontal, la horizontalidad convivencial, la autonomía y ponerse al margen del capital y del Estado (suponiendo que esto último realmente se pudiera hacer en el capitalismo salvaje y globalizado actual) son ingredientes suficientes para agrietar el sistema capitalista y crear otro modo de producción?. Y para cerrar nuestras interrogaciones: ¿esta estrategia de cambiar el mundo, agrietarlo o fisurarlo desde abajo sin el apoderamiento del Estado-gobierno –podríamos preguntar devolviendo el cuestionamiento del investigador Jorge Alonso y al teórico J. Holloway­–  dónde y cuándo ha triunfado en la instalación de una sociedad poscapitalista o un modo de producción diferente al del capitalismo?

Bien, nos parece que la llamada estrategia de dos pasos, es una caricatura política de los procesos revolucionarios, y que como el mismo E. Wallerstein dice, las condiciones, contextos, situaciones y procesos histórico-concretos son mucho más complejos y han intervenido e intervienen factores diversos y múltiples: intranacionales, nacionales generales e internacionales; tales como: guerras, sitiamientos, crisis, relaciones interestatales, escaseces, falta de unidad, traiciones, rupturas, abusos, saqueos, recomposiciones sociopolíticas, crisis económicas, intervencionismos, autoritarismos, resistencias, dinamismo social, asambleísmos, frentes y convergencias, festividades, creatividad popular y social, etc., etc. 

El “asalto al cielo” es un gran y dialéctico complejo desafío, y hoy día bajo las paradójicas condiciones del dominio subordinante y decadente del capital mundial, desarrollar y efectivizar un proceso revolucionario nacional e internacional es un desafío titánico. Quizá sea históricamente el máximo y contradictorio desafío consciente en que se ha encontrado el género humano y las sociedades concretas contemporáneas: tan cerca de terminar con la prehistoria humana (es decir terminar con las desigualdades, limitaciones  e injusticas de las sociedades escasas y clasistas), pero tan difícil de realizar mediante las revoluciones necesarias, suficientes y definitivas (y la revolución socialista-comunista total) para terminar con el capitalismo y superarlo con gobiernos auténticamente populares que lleven a sociedades a terminar con la lucha de clases y las clases mismas (las desigualdades, la explotación del humano por el humano, las opresiones, las discriminaciones, la propiedad privada, las inequidades y miserias, etc.); que conduzcan firmemente hacia sociedades  emancipadas, ricas en fuerzas productivas y relaciones interhumanas de calidad, sociedades de libres asociaciones de colectivos e individuos, etc., etc.

Las revoluciones, en efecto, no se circunscriben a la toma del poder, y específicamente la revoluciones socialistas del porvenir tienen que basarse en  procesos y experiencias efectivas y amplias de autogestión en todos los planos y niveles  de la vida productiva y reproductiva, a nivel micro, meso y macro;  antes, durante y después de las tomas de poder. Se trata de desarrollar y crear revoluciones integrales o totales. Pero los fracasos del pasado no tienen que negarnos o cancelarnos –para nada, sino por el contrario enseñarnos- la posibilidad objetiva-subjetiva de realizar revoluciones exitosas y permanentes: ¡que cumplan  verdaderamente el objetivo magno de desaparición  y superación positiva de sociedades enajenadas y desarrollen la plenitud humana en todas sus dimensiones! Pero algo fundamental para el arranque de dichas revoluciones es que necesaria y obligadamente tienen que pasar de una u otra manera por la toma del poder estatal, puesto que dicho poder tiene que ser apropiado por las masas trabajadoras y populares y luego transformado radicalmente hasta disolverlo a mediano plazo. ¿Por qué?, porque el Estado y sus regímenes y formas de gobierno estatales son el resultado histórico de la división social del trabajo, de la formación de las clases y sectores sociales divididos y su confrontación y guerra en múltiples planos. El Estado encarna e instrumentaliza a nivel supraestructural y estructural el poder de las clases y sectores dominantes, y concentra y centraliza sus dispositivos que garantizan (no sin contradicciones entre ellas mismas y con los dominados) su poder hegemónico, su reproducción, su violencia, su opresión y su control; ya que desde el Estado clasista centralizan y monopolizan  burocrática y parasitariamente fuerzas y capacidades creadas y practicadas por el conjunto de la sociedad. 

El Estado es, pues, una maquinaria regulativa y amortiguadora compleja a nivel político, jurídico, ideológico, simbólico y también económico que está controlada, subsumida  y funciona a favor de los intereses económicos, militares, judiciales, legislativos, fiscales, comunicativos, educativos, científicos, tecnológicos, médicos, artísticos, de vigilancia, de formación familiar y de reproducción cotidiana de las clases y sectores hegemónicos y dominantes, que reprimen y aplastan en general las iniciativas, la creatividad y la vitalidad de la inmensa mayoría de la población (que pertenece a las clases, sectores y grupos dominados y subalternos populares). Específicamente, en el caso del Estado capitalista moderno que nos incumbe, velan primordialmente por los intereses y el hambre de despojo acumulativo plusvalórico de los sectores capitalistas imperialistas y de vanguardia; aunque, en lo global, velan por la reproducción simple y ampliada de todo el sistema capitalista mundial y sus expresiones geopolíticas macroregionales y nacionales, tratando de incidir en el  amortiguamiento de sus crisis y  sus excesos sobreproductivos; y buscando paliar la tendencia decreciente de la tasa de ganancia intrínseca a este modo de producción. 

Eso no quiere decir que como parte de la guerra de clases no se puedan crear espacios, órganos, movimientos, redes, relaciones antisistémicas y de convivencia real y experimental autogestivas y autónomas; pues de eso se trata también en la lucha revolucionaria: de crear,  inventar  y recuperar formas y laboratorios experienciales comunitarios autogestivos (como las comunas radicales juveniles de los 60 a la actualidad[1], o como los caracoles y municipios autónomos neozapatistas en Chiapas) que mellen las relaciones privadas, mercantilizadas, autoritarias, atomizadas y egoístas capitalistas y que potencien la perspectiva y la vida alternativa anticapitalista y procomunista: enriqueciendo la cultura política antisistémica, vivenciando, intercambiando experiencias-saberes[2] y prefigurando en los hechos el nuevo modo de producción y reproducción socialista-comunista. Empero por más que puedan extenderse  y conectarse esos tejidos alternativos bajo condiciones harto complicadas y a contracorriente (insertadas y acosadas constantemente y siempre por todas partes por el plusvalor, la mercancía, el capital, la propiedad privada, el mercado y el capitalismo avasallador), y ello pueda más o menos crear algunas islas, áreas, grietas y/o fisuras revitalizadoras (tal vez donde participen decenas de movimientos antisistémicos y anticapitalistas y  donde están activos la autogestión y el autogobierno de miles de personas), mientras millones y millones de personas ubicadas en cientos de pueblos y naciones sigan en la enajenación, en la opresión, en la exclusión, en la subsunción y en el consumismo capitalista, no se podrá terminar real y definitivamente con el sistema[3]

Sin la participación del sujeto histórico (diverso pero unificado) en el apoderamiento del monstruo-Estado (K. Marx: “Primer esbozo de la guerra civil en Francia”, 1978) para con determinación y sostenimiento de clase y de pueblo comenzar a darle un vuelco transformador; todo bajo su poder y sus intereses clasistas, liberadores, anticapitalistas y antisistémicos, intereses que son los de la inmensa mayoría de las poblaciones en todos los países del mundo; no habrá verdadera y permanente liberación humana (individual, de colectivo y de género). En efecto, hoy aproximadamente somos más del 95% de la población mundial no propietaria, frente a un 4% de las clases y sectores propietarios y un 1% de una minoría burguesa extraordinariamente privilegiada que superelitistamente toma decisiones en torno a los rumbos que debe seguir el sistema capitalista a su favor a través del control férreo y gansteril –espionaje, criminalizaciones, amenazas, represiones, guerras, torturas, intervenciones, etc.– de gobiernos, de organismos mundiales (ONU, FMI, Banco Mundial, OCDE, G-10, G-5, COP, etc.), ejércitos poderosos y tecnologías constantemente renovadas y cada vez más nocivas para el planeta y la humanidad como tal. Así pues, insisto, sin dicho apoderamiento no hay posibilidad de asegurar, respaldar y tener las palancas para romper el poder burgués y sus instancias, agencias, aparatos, dispositivos y mercados, tanto en el plano político como en el socioeconómico y cultural.

Esto tenemos que entenderlo con claridad meridiana pues las limitaciones (aunque de buena voluntad, pero finalmente ingenuas y parciales) de “cambiar el mundo sin tomar el poder” o de “revolucionar desde abajo el poder” sin generar la condiciones y luego efectivamente empoderase masiva, contundente y consistentemente conquistando la maquinaria central y determinante en la reproducción y permanencia del sistema; son eso, se quedan en eso: limitaciones del pensamiento y de la praxis revolucionarias que –de una u otra forma– contribuyen peligrosamente (o cuasi apocalípticamente dada la situación gravísima y cuasi-cataclísmica en que tiene a la humanidad y al planeta el capitalismo salvaje, expoliador y depredador) a aplazar las revoluciones nacionales, macroregionales y la revolución mundial global que son urgentes, pero que desgraciadamente han tardado en desarrollarse y avanzar en este básico “asalto” popular al poder. Entendiendo que son inmensas las tareas organizativas, coordinativas, concentradoras y desconcentradoras, etc., que hay consolidar; y que son gigantescos y numerosísimos los obstáculos que existen en las telarañas y relaciones capitalistas que hay que combatir y superar.

El apoderamiento revolucionario del Estado y sus regímenes y gobiernos para transitar racional y humanamente hacia una sociedad socialista-comunista es eje esencial, es una condición sine quan non, que dependiendo de las condiciones y la participación directa, consciente, decidida y democrática de las masas, en cada país y en varios y muchos países de manera intervinculada, cooperativa y coordinada, será más o menos violenta y dramática: entre mayor y mejor participación activa masiva, más pacífico, racional y tranquilo será ese apoderamiento del poder político nacional e internacional. El concepto científico dialéctico de dictadura del proletariado (que se mantiene en el poder y lo ejerce democráticamente como clases y sectores populares) implica una aparente paradoja, pues contra la dictadura de una minoría superprivilegiada de explotadores, saqueadores y opresores, se impone una dictadura revolucionaria o poder político revolucionario de la inmensa mayoría de trabajadores explotados, oprimidos y marginados. Dictadura necesaria, para en primer lugar combatir la resistencia furiosa de los capitalistas; en segundo lugar para descabezar los cuerpos represivos del monopolio de la violencia y reemplazarlos por cuerpos formados por trabajadores y gente del pueblo; en tercer lugar para sustituir a todos los funcionarios-burócratas de los órganos y agencias estatales por gente del pueblo (que rinda cuentas, que sean elegibles, responsables, revocables, etc.); en cuarto lugar para llevar a cabo las expropiaciones de las riquezas nacionales; en quinto lugar para efectuar las medidas para colectivizar todos los medios de producción y fuerzas productivas tecnológicas arrancados a los burgueses; en sexto lugar para decretar las medidas de apropiación de las instancias fundamentales del poder político, social, jurídico, judicial, comunicativo, educativo, salutífero y artístico-cultural-patrimonial[4]

Obviamente que con en estas acciones-dictados se destruirá la cabeza y los brazos del monstruo-Estado, pero –como los guajolotes cuando se decapitan– hay que dejarlo vivir sus estertores e irle arrancando de la supeditación de los capitalistas  todos los aparatos, dispositivos y estructuras por medio de los cuales los capitalistas controlaban y regulaban su poder hegemónico y dominante; subordinándolos y subsumiéndolos al poder de las comunidades, comunas, consejos, comités de base, asambleas, etc.; poder directo y representacional, poder autogestivo y coordinado; poder democrático y consensuado, poder mayoritario y diversificado; poder igualitario y desigual; poder recuperado y revitalizado por el conjunto  de los  miembros de los pueblos; en suma: poder de los de abajo y poder popular.

La dictadura del proletariado –si garantiza la democracia participativa y directa inmensamente mayoritaria–, no es/no tiene que ser/no será, pues, una dictadura unilateral y antidemocrática sino una dictadura que tiene que dictar (decretar) y llevar a cabo dictados (decretos) que lleven a corto, mediano y largo aliento a la liberación humana a través de o mediando provisoria y transitoriamente un Estado o nueva modalidad de Estado. Que como dijo Federico Engels –y hemos visto arriba– tiene que ser modificado a fondo antes que pueda cumplir sus nuevas funciones. Pero no puede ser destruido completamente en lo inmediato, como han propuesto las corrientes anarquistas[5], pues hacerlo así en el momento inicial: significaría: “destruir el único instrumento con cuya ayuda el proletariado victorioso puede utilizar el poder recién conquistado, aplastar a sus enemigos y llevar a cabo la revolución económica de la sociedad” (1978, p. 36).

Dicho de otra manera es un Estado que se convierte inmediatamente –sin dejar de ser totalmente un Estado– en un no Estado, anti-Estado o contraEstado que inaugura “la reasunción del poder estatal por la sociedad”. Pero dicha dictadura, y sus dictados democráticamente generados y efectivizados, es transitoria o es la forma transicional que se extinguirá como tal; y en ese sentido, extinguirá y mandará a los museos de la historia (junto otras reliquias de la prehistoria humana como la industria lítica, la rueca, los telares de vapor, la familia, la propiedad privada, etc.) al Estado mismo y bajo esa dinámica transformadora conducirá hacia la abolición a mediano-largo plazos de todas las clases, de todas las jerarquizaciones, las estratificaciones, las opresiones, las discriminaciones y las enajenaciones-reificaciones de las sociedades humanas habidas hasta entonces.

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ADAME Miguel Ángel (2005). “Comunas contraculturales: ¿Antifamilias o nuevas familias?, en Revista Casa del Tiempo. UAM, febrero. En http://www.difusioncultural.uam.mx/revista/feb2005/adame.html
ALONSO Jorge (2013). Repensar los movimientos sociales. CIESAS, Casa Chata, México.
AGUIRRE Carlos Antonio (2012). Movimientos antisistémicos, pensar lo antisitémico a inicios del siglo XXI. Protohistoria. Rosario.
ENGELS Friedrich (1978). “Principios de comunismo”, en C. Marx y F Engels, Obras completas, tomo 4, progreso, Moscú, pp. 355-360.
MARX Karl (1978). “Primer esbozo de la guerra civil en Francia”,en C. Marx y F Engels, Obras completas, Progreso, Moscú, pp.250-321.
WALLERSTEIN Immanuel (2008). Historia y dilemas de los movimientos antisistémicos. Contrahistorias, México.
ZIBECHI (2013). “Sobre la forma superior de lucha”, en La Jornada, 27 de diciembre, p. 26.




[1] Véase Migue Ángel Adame C. (2005: 64-73).
[2]Raúl Zibechi señala al respecto que: “Siento que hay múltiples diálogos entre todas estas experiencias [de los nuevos movimientos y organizaciones sociales latinoamericanos de los últimos 20 años] no al estilo de encuentros formales y estructurados, sino intercambios directos entre militantes, capilares no controlados, sino el tipo de trueques de saberes y experiencias que necesitamos para potenciar el combate al sistema”   (2013: 26).
[3] Real e idealmente: mientras no se haya emancipado el conjunto de la humanidad no existirá un solo humano libre; mientras haya un solo ser humano miserable y/o oprimido, no seremos verdaderamente felices.
[4] F. Engels en uno de sus escritos planteó que la revolución tendrá que crear la dominación política del proletariado, o sea el régimen político democrático, que utilizará inmediatamente como medio para llevar a cabo amplias medidas [instrucciones, decretos, implementaciones, operaciones, expropiaciones, puestas en marcha, etc.] que tendrán que atentar directamente contra la propiedad privada como las siguientes: expropiaciones con pago o sin pago a los propietarios de fábricas, buques, ferrocarriles, talleres, etc.; confiscación de otros bienes; organización del trabajo y ocupación de los trabajadores y masas populares urbanas y rurales de fábricas, fincas y centros de trabajo; aumento de estos; trabajo obligatorio y formación de ejércitos de trabajadores en las industrias; cultivo de todas las tierras; educación para todos y todas en escuelas públicas en todos los niveles; construcción de viviendas y destrucción de las insalubres y mal construidas; concentración y organización del transporte, etcétera (“Principios de comunismo”, 1978).
[5]Ese aspecto ha sido un eje constante de discusión entre corrientes  (pro) anarquistas y marxistas; sin embargo extraña que Carlos A. Aguirre que al parecer se reivindica marxista, insista que se trata desde el comienzo de la conquista del poder, de la destrucción completa del Estado, no sólo de la destrucción del poder central o dominante  burocrático-militar del Estado-gobierno burgués.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Teoría y práctica de la revolución


El tren alemán y el teorema de la revolución

Rebelión
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=193457
23-12-2014

Leo en Rebelión del 19 de Diciembre de 2014, que un conocido “Inspector de Revoluciones”, Guillermo Almeyra, acusa a Claudio Katz de haber incurrido en “un peligroso traspié histórico, político y teórico - explicable pero no justificable- por el contagioso ‘atilioboronismo’ que padece una parte de la izquierda y de los sectores académicos en Argentina.” [1] Ya Katz se encargará de refutar con su habitual rigurosidad las falacias contenidas en la nota de Almeyra. Concentraré en cambio mi atención en analizar el nuevo virus descubierto, seguramente que luego de sesudas investigaciones, por mi crítico.

Lo primero que quiero decir es que me causa gracia la importancia que le atribuye a mi modesta obra, capaz de “contagiar” a una parte de la izquierda y de la academia en la Argentina. Pese al empeño puesto en acrecentar el impacto (negativo) de mis ideas su apreciación guarda poca relación con la realidad. Me preocupa, eso sí, el uso de la palabra “contagio” para calificar la circulación de ideas. Es un término que usaban los jerarcas, ideólogos y publicistas de la dictadura cívico-militar argentina (y en general todos los regímenes fascistas de los años setentas) en su cruenta cruzada anticomunista. Me sorprende y me decepciona que un hombre de su larga experiencia política apele a esa palabreja para caracterizar la difusión que puedan alcanzar ciertas tesis y propuestas al interior del campo revolucionario. No entiendo las razones que llevaron a Almeyra a pensar de esa manera, pero no creo que valga la pena indagar sobre las raíces psicológicas de esta actitud.


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Ho Chi Minh 1890-1968.

Lo que sí quiero examinar, en cambio, es la concepción de la revolución que subyace en los diferentes escritos de Almeyra a lo largo de muchos años y que se manifiesta, de modo hiperbólico, en el texto objeto de este comentario. Pese a su adhesión al marxismo su teoría de la revolución nada tiene que ver con él. Es tributaria, en cambio, de una perspectiva “vulgohegeliana” que la concibe como una proyección de las ideas de algunos sujetos -a los cuales la verdad les ha sido revelada- sobre el devenir de la historia. Muy lejos se encuentra esta perspectiva de las tesis de Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Mao, Fidel, el Che y tantos otros, que invariablemente concibieron a la revolución como un proceso histórico y, por eso mismo, surcado por contradicciones y conflictos que hoy aceleran su marcha, mañana lo detienen y que jamás sigue un curso linealmente ascendente hacia el cielo prístino de la sociedad comunista. Bajo el influjo de los vapores embriagantes del “vulgohegelianismo” la teoría presuntamente marxista de sus mentores se volatiliza hasta convertirse en un teorema, como los de la geometría, indiferente ante los avatares de la lucha de clases, con sus avances y retrocesos y sus siempre provisorios y cambiantes resultados; impasible también ante la asfixiante presencia del imperialismo, elementos ambos que si bien brillan por su ausencia en esta corriente teórica condicionan de modo decisivo el movimiento de la historia real. De acuerdo con este teorema la revolución deja de ser el desenlace de un largo proceso histórico para cristalizarse como una imperturbable esencia ontológica, a la que se arriba en virtud de la potencia creadora del silogismo. Primera premisa: el capitalismo es explotador, injusto, inhumano y predatorio; segunda premisa: los explotados y demás víctimas son conscientes de lo que se plantea en la premisa anterior y arden en deseos de cambiar el sistema; y luego un feliz e inexorable corolario: la epifanía de la revolución. La secuencia posee una coherencia lógica incuestionable, y si la revolución no estalla es debido a la maligna intervención de villanos, líderes o partidos, que sabotean -por cobardía o por mezquinos intereses subalternos- las infalibles leyes de movimiento establecidas en el teorema y que garantizan el feliz final del proceso.

Es debido a esta concepción metafísica de la revolución como el despliegue de una idea, como un vuelo libre de fricciones (o como un proceso mental, diría el joven Marx mirando de reojo a Hegel) que la ardorosa y sangrienta fragua de las revoluciones “realmente existentes” desencanta sin remedio a los cultores del teorema y los hace víctimas de una lamentable metamorfosis que requeriría de un nuevo Kafka para describir sus grotescos matices. Producto de esta sorprendente mutación los profetas de la “Revolución Teoremática” retroceden horrorizados sobre sus pasos ante la visión de una revolución concreta, de carne y hueso, de sangre y barro, con sus certezas y desaciertos, y rápidamente se convierten en inapelables censores y acérrimos enemigos de esos procesos que se desenvuelven en el mundo real. Alguien que jamás pretendió ser un “Inspector de la Revolución” sino un líder revolucionario dijo una vez que “una revolución verdadera, una revolución profunda, ‘popular’, según la expresión de Marx, es un proceso increíblemente complicado y doloroso de agonía de un régimen social caduco y de alumbramiento de un régimen social nuevo, de un nuevo modo de vida de decena de millones de personas. La revolución es la lucha de clases y la guerra civil más enconadas, más furiosas, más encarnizadas. En la historia no ha habido ni una sola gran revolución sin guerra civil.” [2] En ese mismo texto, escrito en vísperas de la revolución de Octubre, Lenin critica a quienes aceptarían “la revolución social si la historia nos llevase a ella de una manera tan pacífica, tan serena, tan suave y cuidadosa como un tren expreso alemán llega al andén de una estación. El mozo de tren, muy digno, va abriendo las portezuelas del coche y exclama ‘Estación Revolución Social. Todo el mundo debe apearse’.” [3] Pero las revoluciones reales no son así, no son un tren alemán. Las clases sociales existen, la lucha de clases es una realidad, tanto como el imperialismo y sus infinitos tentáculos. Es en este ambiente “increíblemente complicado” en que las revoluciones se desenvuelven, desafiando y desmintiendo la pulcritud de los teoremas políticos pergeñados desde la apacible soledad del pensamiento.

Tal como lo analizáramos en detalle en un trabajo de más largo aliento, existe en el imaginario de una cierta izquierda la idea de que la revolución es un “acto”, emblematizado en la conquista violenta del poder político y perdiendo de vista el proceso -prolongado, complejo, lleno de marchas y contramarchas- que conduce a la victoria.[4] En el célebre discurso pronunciado por Fidel en la Universidad de Concepción, durante su visita a Chile a fines de 1971, decía que “la revolución tiene distintas fases. Nuestro programa de lucha contra Batista no era un programa socialista ni podía ser un programa socialista, realmente, porque los objetivos inmediatos de nuestra lucha no eran todavía, ni podían ser, objetivos socialistas. Estos habrían rebasado el nivel de conciencia política de la sociedad cubana en aquella fase; habrían rebasado el nivel de las posibilidades de nuestro pueblo en aquella fase. Nuestro programa, cuando el Moncada, no era un programa socialista. Pero era el máximo de programa social y revolucionario que en aquel momento nuestro pueblo podía plantearse.”[5]

De lo anterior quisiéramos llamar la atención sobre dos cuestiones: primero, que la revolución no es un acto súbito y único que desciende desde los cielos para incendiar la pradera popular, para usar una metáfora cara al joven Marx. Se trata de un proceso, que, recordaba Fidel, “tiene fases” signadas por avances y retrocesos, lo que hace saltar por los aires los teoremas que la conciben como un acontecimiento sencillo, “químicamente puro”, incontaminado por las circunstancias históricas concretas que la tornan posible. [6] Por eso Lenin siempre aconsejaba a los revolucionarios que estuvieran muy atentos para descifrar los signos premonitorios de un posible comienzo de una revolución, que casi invariablemente se pone en marcha a partir de circunstancias a primera vista carentes de significación “histórico-universal”, para aludir al Hegel verdadero. Un tumulto por el aumento del precio del pan en un barrio parisino desencadena una serie de procesos que culmina en la gran Revolución Francesa; la represión de una pacífica marcha obrera organizada por el cura Gapón en Enero del 1905 en San Petersburgo termina en el llamado “Domingo Sangriento” y el comienzo de una serie de reformas políticas que madurarían doce años después con el derrocamiento del zarismo; un desembarco –un naufragio, diría con sorna el Che- en las costas de Cuba de un grupo de guerrilleros a bordo del Granma da comienzo a la guerrilla de Sierra Maestra y años más tarde a la instauración del socialismo en Cuba. Estos ejemplos bastan para persuadirnos de que la marcha de la revolución es más trabada e incierta de lo que ansían los “vulgohegelianos”, lo que provoca su impaciencia primero, su ira después y finalmente su irreconciliable oposición, para beneplácito de la derecha y el imperialismo. Segundo, que el nivel de conciencia política de las masas y sus posibilidades reales de lucha no son atributos fijos, deducibles lógicamente de las contradicciones del modo de producción capitalista, sino resultados contingentes que reflejan el grado de organización del campo popular, el desarrollo de la conciencia revolucionaria y la eficacia de la estrategia y tácticas empleadas por los partidos y las organizaciones populares de izquierda para acumular fuerza política y capacidad de movilización. Ergo, son productos históricos y no abstracciones silogísticas que pueden asumirse como existentes a partir de supuestos apriorísticos.

Para resumir: los cultores del Teorema de la Revolución padecen de una pertinaz miopía para tomar nota de la lucha de clases en su convulsionada concreción y de una incurable ceguera para percibir -¡ni digamos explicar!- el fenómeno del imperialismo y su profunda, insoslayable, inserción en la dinámica económica, social y política de los países de Nuestra América. Esto hace que estos modernos Torquemadas descarguen toda su furia contra las revoluciones, pasadas y presentes, que en sus recorridos y en sus desempeños no guardan relación alguna con lo que ellos imaginaran. Eso termina convirtiéndolos en implacables enemigos de la revoluciones en Rusia, China, Vietnam, Cuba, Nicaragua y, más tarde, de los procesos revolucionarios en curso en Bolivia, Ecuador y Venezuela, llevando agua al molino de la reacción y el imperialismo que por supuesto aprovechan de sus servicios para escarnecer y atacar, desde posturas supuestamente de izquierda, a quienes tratan de crear un mundo mejor. Mientras tanto, a los Inspectores se les escapa la vida en interminables elucubraciones sobre la coherencia lógica de sus silogismos políticos, lo que origina toda suerte de reyertas doctrinarias y polémicas interpretativas que precipitan un torrente interminable de cismas y fraccionamientos en partidos, sindicatos y todo tipo organizaciones, todos causadas, en última instancia, por la rebeldía de la historia que no se ajusta a sus especulaciones pseudorevolucionarias. Su absoluta esterilidad en la producción de acontecimientos históricos y su espectacular inasistencia en todos los procesos revolucionarios desde 1917 hasta la fecha no es óbice -a causa de la soberbia intelectual que suele acompañar quienes cultivan esta clase de pensamientos- para sentirse con autoridad moral y política para “enseñarles” a hacer la revolución a quienes la están haciendo, la hicieron o intentaron hacerla. Pero las revoluciones reales, no las imaginadas, nada tienen que ver con aquel tren expreso alemán que marcha sobre rieles, no encuentra obstáculos en su trayectoria y la llegada a destino se cumple tal cual estaba cronometrado. No hay rieles, los obstáculos son interminables y la llegada a destino está signada por la incertidumbre y la indeterminación. Es en las revoluciones donde se corrobora la verdad de aquella afirmación de Marx que decía que la violencia era la partera de la historia. Violencia, porque tanto las clases dominantes como el imperialismo jamás van a aceptar de brazos cruzados que los “condenados de la tierra” pretendan cambiar el orden social y como lo prueba hasta la saciedad el registro histórico –especialmente en América Latina- apelarán a todos los métodos posibles, por más crueles y criminales que sean, para asegurar la defensa de sus intereses y la preservación de sus privilegios. Pero quienes viven apresados en las brumas del “vulgohegelianismo” creen que sí, que la revolución es como ese viaje en un tren alemán y que si ellas no son como fueron imaginadas es por la traición del maquinista. Por su “doctrinarismo pedante”, como lo llamaba Antonio Gramsci, creen que desde el Olimpo en el que habitan pueden darles lecciones de revolución a Fidel y a Raúl; al Che y a Chávez; a Lenin y a Ho Chi Minh; a Mao y a Lumumba; a Evo y a Correa; a los sandinistas y a Allende, y lo que los habilita también para erigirse en sus inapelables inquisidores. En su tiempo tanto Marx como Engels tuvieron que vérselas con esta clase de revolucionarios. El segundo les ofreció varios consejos, entre ellos uno muy importante: “no conviertan su impaciencia en un argumento teórico.” Nunca lo escucharon. Almeyra tampoco.



Atilio Borón es Profesor Regular Titular de Teoría Política y Social, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires desde 1986.
Investigador Superior del CONICET.

Director del PLED, Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales
Ex -Secretario Ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales / CLACSO, 1997-2006.




 
Notas
[1] Ver sus “Notas a la¨"Epopeya Cubana" de Claudio Katz” en Rebelión, 19 Diciembre 2014, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=193372
[2] V. I. Lenin, “Se sostendrán los bolcheviques en el poder”, en Obras Escogidas en Doce Tomos (Moscú: Editorial Progreso, 1973), Tomo VII, pg. 128-129. La referencia a Marx se encuentra en su Carta a Ludwig Kugelman, del 2 de Abril de 1871.
[3] Ibid . Pg. 130.
[4] Ver nuestro largo ensayo introductorio titulado “Rosa Luxemburgo y la crítica al reformismo socialdemócrata” en la nueva edición de Rosa Luxemburgo, ¿Reforma Social o Revolución? (Buenos Aires: Ediciones Luxemburg, 2010), pp. 9-90.
[5] Cf. Fidel en Chile (Santiago: Editorial Quimantú, 1972), pg. 89.
[6] Una incisiva reflexión actual sobre la dinámica de las revoluciones la ofrece la obra de Álvaro García Linera en Las tensiones creativas de la revolución. La quinta fase del proceso de cambio en Bolivia (Buenos Aires: Ediciones Luxemburg, 2012).


 

jueves, 11 de diciembre de 2014

90 Aniversario de la Revolución Bolchevique




Jorge Gómez Barata.
Altercom.

7 de Noviembre, 1917-2007. Las revoluciones no son derrotables porque el tiempo no es reversible.


 «La grandeza de la Revolución Bolchevique y lo profundo de su significado histórico no radica en lo que hizo, sino en lo que se propuso.
La Revolución Rusa de 1917, con sus virtudes y a pesar de su trágico final, fue el primer proyecto político pensado a escala de toda la humanidad y formulado no sobre la base de las necesidades de un país, sino a partir de la creencia de que se trataba de una demanda de la época.
Marx no percibió la revolución proletaria como fruto del voluntarismo de líderes u organizaciones, ni como resultado de contingencias políticas locales o como un evento nacional.»...


7 de noviembre de 2007

 


I

“REVOLUCIÓN ES SENTIDO DEL MOMENTO HISTÓRICO”

De modo análogo a como ocurre en la naturaleza, en el desarrollo social predomina la evolución por medio de la cual se realiza una permanente e ininterrumpida acumulación de cambios cuantitativos y cualitativos que imperceptiblemente, sin que nadie lo auspicie, dan lugar al advenimiento de lo nuevo y de lo progresivo.

En su magnifica combinación de evolución orgánica y progreso cultural, ciencia y espiritualidad, materia y conciencia, la historia humana reafirma la vigencia de tales procesos.

Para su normal desenvolvimiento, los procesos evolutivos requieren de condiciones ideales y de ambientes que permitan actuar a las leyes del desarrollo. En esas circunstancias predomina la llamada «la paz social», etapas en las que, como ocurre en los países desarrollados, las elites dominantes, aunque no pueden evitarlas, logran administrar las contradicciones de clases y las crisis para alejar, incluso excluir las explosiones sociales y la ruptura del orden vigente.

Con todo y su magnificencia, las revoluciones sociales son sucesos extraordinarios, por cierto, sumamente escasos.

Nunca hubo una revolución social en la esclavitud, jamás se desató una en África y en el Nuevo Mundo sólo Estados Unidos, México, Cuba y más recientemente Venezuela transitaron esos caminos.

Las revoluciones son grandes conmociones sociales, capaces de cambiar el perfil de una época, acelerar los ritmos del desarrollo de grandes regiones, incluso de todo la humanidad, modificar la secuencia de los procesos históricos y acelerar el progreso.

Auque hunden sus raíces en las contradicciones y necesidades económicas, las revoluciones son hechos políticos, jalones mediante los cuales las clases emergentes desplazan a los representantes del viejo orden, destruyen las estructuras que sostenían su poder e imponen las suyas.

Las revoluciones sociales son hechos positivos orientados en la dirección del progreso y, aunque son celebradas por sus protagonistas, suelen ser traumáticas y violentas, no tanto por ellas mismas como por la enconada resistencia que han de vencer.

La crueldad, las venganzas, los ajustes de cuentas y el terrorismo caracterizan mejor a la contrarrevolución que a la revolución.

Por la grandeza de sus metas y propuestas, las revoluciones se abren paso con dificultad, no sólo por lo arduo que resulta destruir el viejo orden, sino por lo complejo de construir uno nuevo.

Nada es más importante para la revolución que honrar sus compromisos y satisfacer las expectativas creadas por ella misma que, cuando no son resueltas, se levantan como adversarios formidables.

Con aquellas revoluciones que como la norteamericana y la francesa lograron llevar al poder a una nueva clase y concretar sus programas básicos, la historia se ha mostrado indulgente, sin echarle en cara que sus objetivos esenciales y sus tareas más universales no hayan sido todavía resueltas.

Nadie desmiente a la Revolución de las 13 Colonias de Norteamérica por no haber cumplido lo preceptuado en la Declaración de Independencia y todavía se suspira por las promesas de: Igualdad, Libertad, Fraternidad de la Revolución Francesa.

El lento y zigzagueante avance de las grandes revoluciones, lejos de significar su fracaso ilustra acerca de la complejidad y trascendencia de sus tareas. La revolución norteamericana no liberó a los esclavos, no impidió el genocidio de los pueblos originarios, ni emancipó a la mujer y, en cambio dio lugar al nacimiento de un imperio, rasgos negativos que no anulan su significado.

Lo que convirtió a la independencia norteamericana en una revolución e hizo de ella un paradigma, no fueron sus carencias sino la determinación y coherencia con que la vanguardia integrada por Jefferson, Adams, Hamilton, Washington y otros, iniciaron la lucha por la independencia en el Nuevo Mundo, fueron los primeros en deshacer el dominio colonial, creando además la primera república regida por leyes, con una Constitución y por una Declaración de Derechos.

La Revolución Bolchevique no fue igualmente afortunada, no porque fuera peor, sino porque desde el hondón del primitivo imperio de los zares, retó al capitalismo y se propuso tareas para la cuales probablemente la humanidad no estaba todavía lista.

Tal vez fue adecuada pero prematura.

Quizás el socialismo no es cosa del pasado sino del porvenir.

 
 


II 
EL PRIMER PROYECTO POLÍTICO PENSADO A ESCALA DE LA HUMANIDAD 

Los revolucionarios norteamericanos de 1776, los franceses de 1789 y los rusos de 1917 tuvieron en común enarbolar consignas de un alcance que trascendía los contextos locales respectivos. La diferencia es que los primeros no lo sabían, mientras los bolcheviques lo hicieron conscientemente, con arreglo a una teoría y sobre la base de un programa.

Aunque los preceptos de la filosofía liberal, referentes teóricos de las primeras revoluciones, fueron resultado de reflexiones de calado universal, las vanguardias políticas de Norteamérica y Francia, no actuaron sensibilizadas por las condiciones de existencia del género humano, ni siquiera por las de sus respectivas sociedades.

Ello sin embargo no restó universalidad a su rol histórico por el hecho de que, "al liberarse de las ataduras feudales, la burguesía libera al resto de la sociedad.” 

Con el surgimiento del marxismo que descubrió regularidades y leyes capaces de explicar el devenir históricos, la sociología adoptó una metodología más rigurosa, asumió los métodos de las ciencias y, al elevar su cientificidad, se crearon condiciones que auspiciaron un pensamiento político avanzado, capaz de elaborar programas a futuro con la convicción y la certeza que aporta el conocimiento.

Aquellas fueron las premisas teóricas que permitieron a los hombres dejar de ser instrumentos de fuerzas desconocidas y convertirse en artífices de su propio destino.

Desde entonces el pensamiento avanzado formuló metas y creó proyectos a partir de pautas situadas fuera de la realidad. El que más lejos llegó fue el socialismo que se planteó la posibilidad de construir una nueva sociedad.

Tales desarrollos teóricos no podían surgir como derivados de la actividad de una clase social, sino que fueron resultados de la actividad teórica de la vanguardia política que produjo una nueva ideología y la inyectó a la que espontáneamente generaba la clase obrera, hecho que planteó la necesidad de una organización política diferente: el partido de nuevo tipo que Lenin trató de construir.

La grandeza de la Revolución Bolchevique y lo profundo de su significado histórico no radica en lo que hizo, sino en lo que se propuso.

La Revolución Rusa de 1917, con sus virtudes y a pesar de su trágico final, fue el primer proyecto político pensado a escala de toda la humanidad y formulado no sobre la base de las necesidades de un país, sino a partir de la creencia de que se trataba de una demanda de la época.

Marx no percibió la revolución proletaria como fruto del voluntarismo de líderes u organizaciones, ni como resultado de contingencias políticas locales o como un evento nacional.

Para él, el socialismo era una categoría histórica, una nueva formación social que, llegado el momento, por efecto de realidades objetivas y de leyes históricas, como por gravedad, sustituiría al capitalismo ocupando el espacio de toda una época.

En sentido estricto, para Marx, la revolución y el socialismo no fueron nunca utopías, sino pronósticos, frutos de desapasionadas reflexiones científicas.

El mérito de los bolcheviques, encabezados por Lenin y Trotski fue haber intentado fusionar aquella teoría revolucionaria con la energía y las demandas de la clase obrera en Rusia, el único espacio en que les era posible hacerlo y que los obligó a intentar el milagro de machihembrar las ideas políticas y sociales más avanzadas, con el primitivismo político, el atraso económico, social, tecnológico y cultural, la ruina de la industria, la agricultura, el comercio y el aislamiento ruso acentuados por la guerra mundial.


  

En la excepcional coyuntura histórica creada por el derrumbe del zarismo y el desastre humano y socio económico provocado por la Primera Guerra Mundial, Lenin levantó las banderas de la revolución, asumiendo a Rusia como el comienzo de la revolución mundial.

Los esfuerzos para que las empobrecidas e incultas masas de un imperio medieval asimilaran las ideas y consignas del pensamiento político más avanzado y el intento de injertar las relaciones de producción socialistas en una sociedad medieval, definen a Lenin como el líder político que ante una fugaz oportunidad, no vaciló en intentar tomar el cielo por asalto.

Aunque no logró totalmente sus objetivos y la Unión Soviética no resistió la prueba del tiempo, la Revolución Bolchevique que ahora cumple noventa años, no es un fracaso sino un precedente. 

III 
EL CAPITALISMO PUEDE SER TRASCENDIDO 

La Revolución Bolchevique es historia, no porque haya muerto sino porque ha sobrevivido. Una revolución como aquella puede ser combatida, olvidada, traicionada y silenciada y, aunque tanta evidencia parece abrumadora, no es suficiente para derrotarla. 
Las revoluciones no son derrotables porque el tiempo no es reversible y porque los datos de la realidad al grabarse en la historia se vuelven hitos y paradigmas. 
 

La trascendencia de la Revolución Bolchevique radica en haber sentado el precedente de que el capitalismo puede ser trascendido. Por primera vez, una clase emergente no acaudalada impuso su voluntad. Los esclavos y los siervos nunca pudieron, los proletarios si.
Desde el primer día, 7 de Noviembre de 1917, los bolcheviques fueron combatidos con todas las armas y recursos de la reacción mundial, no porque occidente sintiera conmiseración por la suerte del pueblo ruso, sino por un viejo adagio: “Cuando veas las barbas de tu vecino arder…” 

El triunfo de la Revolución Socialista de Octubre en el antiguo imperio de los zares de Rusia fue un aviso del enorme poder de la clase obrera, de la capacidad de convocatoria del socialismo, del hallazgo organizacional que significó el partido de nuevo tipo y la certeza de que, a pesar de todo, el capitalismo podía ser superado.

En aquel minuto histórico, no se trataba ya de las elaboraciones teóricas de Carlos Marx, difundidas entre los círculos intelectuales de los socialistas europeos sino que, al empalmar con la clase obrera, aquellas ideas adquirían una inusitada fuerza material. 

En octubre de 1917 el fantasma del comunismo de que habló Carlos Marx, se transmutó en realidad y el escepticismo se graduó de esperanza. Desde entonces fue más temido y más combatido. En febrero de 1917 en Rusia tuvo lugar la más tardía de las revoluciones burguesas europeas y ocho meses después la primogénita entre las revoluciones socialistas. 

La guerra desatada por la contrarrevolución y la agresión extranjera provocaron la extrema radicalización de un proceso obligado a cruzar sucesivas líneas de no retorno. En el horizonte aparecieron nuevos problemas cuando, la enfermedad y la muerte de su conductor, Vladimir Ilich Lenin, permitió que la división se introdujera en las filas de la revolución y se expresara en la pugna de Stalin y Trotski por el poder que, a la postre, resultó letal. 

En aquella pugna prevaleció Stalin, no porque fuera el más idóneo sino porque abusó del poder de que la revolución lo invistió. Debilitado por las purgas que lo privaron de militantes ejemplares, deformado por las prácticas burocráticas, paralizado por la manipulación de los órganos dirigentes y por el miedo a las acusaciones falsas y los procesos judiciales amañados, el partido fundado y educado por Lenin no pudo reaccionar.

Paradójicamente, cuando sobre la Unión Soviética se dejó caer el huracán de fuego de la invasión nazi, el país, el pueblo y el Partido depusieron sus conflictos y acatando el liderazgo de Stalin, protagonizaron la más colosal e insuperable batalla por la supervivencia nacional y el socialismo. En aquella coyuntura, ante tareas de envergadura histórica que no lo absuelven, el carácter enérgico y la vocación autoritaria de Stalin, actuaron como elementos de cohesión. En 1953 murió Stalin y a la necesidad de la sucesión se unió la urgencia de la rectificación. En tan difícil coyuntura el partido leninista pareció renacer y con impar valentía, en su XX Congreso, emprendió la más profunda y ejemplar autocrítica que recuerdan los anales del movimiento revolucionario de todos los tiempos; no obstante las esperanzas no se confirmaron. El inmovilismo y el dogmatismo prevalecieron. 

A los problemas internos, en cada momento se sumaron la Guerra de Corea y la Guerra Fría, el conflicto con China e incluso los errores cometidos por los líderes y los partidos gobernantes en Europa Oriental, así como la guerra sucia y la propaganda anticomunista, las agresiones y las conspiraciones, los sabotajes y los bloqueos que terminaron por dar al traste con la primera experiencia socialista. 

Los científicos sociales saben que las leyes del desarrollo social, válidas para la comprensión de formaciones sociales completas y grandes períodos de tiempo, suelen ser ineficaces para entender anécdotas concretas. Derrotada y silenciada, con sus lideres demonizados y sus espacios ocupados, la Revolución Bolchevique, primera experiencia socialista, permanece en la historia, como un legado a cuyas enseñanzas, positivas y negativas, acudirán los luchadores sociales de todas las épocas.  


Jorge Gómez Barata
Profesor, investigador y periodista cubano, autor de numerosos estudios sobre EEUU.
Altercom,
Red Voltaire, 7 nov. Ecuador, Documento electrónico, http://www.voltairenet.org/article152789.html




 





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